“¿Por qué tanta gente seria y tan poca gente divertida?” se preguntaba Nino Ferrer, un tipo que entendía que el humor no está reñido con la profundidad ni la ligereza con la inteligencia. Si uno escucha Popcorn, el primer álbum de Côme Ranjard, es difícil no pensar en esa frase. Ranjard no es un recién llegado ni un enfant terrible de la música francesa: es más bien el tipo que ha estado en la esquina, observando, tomando notas mentales (o en el smartphone), y ahora decide compartir su cuaderno lleno de garabatos sonoros. Con Popcorn, emerge de ese rincón con la naturalidad de quien no ha planeado nada grandioso, pero termina haciendo un disco de pop genuinamente adictivo.
Artista visual de formación, músico autodidacta y observador crónico del detalle irrelevante —que de pronto se vuelve fundamental—, Ranjard construye canciones como si estuviera montando una instalación: piezas aparentemente dispersas que, juntas, forman un paisaje peculiar donde conviven la ironía, la melancolía y un sentido del humor que nunca pide la vez para aparecer. Este álbum es un artefacto pop en el mejor sentido de la palabra: un collage de influencias que van desde el absurdo elegante de Philippe Katerine hasta la sofisticación relajada de Haruomi Hosono, pasando por la obsesión casi quirúrgica de Steely Dan por los arreglos meticulosamente imperfectos. Pero reducir Popcorn a una simple suma de referencias sería un error: Ranjard no copia ni homenajea, sino que deambula entre estilos con la despreocupación de quien sabe que el mejor disfraz es el que no lo parece.

Desde el primer acorde de “Popcorn”, en colaboración con Gaétan Nonchalant (sí, el apellido no es un chiste, aunque encajaría como tal), queda claro que este álbum no pretende epatar, pero lo consigue sin esfuerzo. Hay algo profundamente refrescante en la actitud de Ranjard hacia su propia música. No hay grandilocuencia ni pretensión. Popcorn es, en su esencia, un álbum elegante que nunca se mira al espejo para comprobarlo. Temas como “L’ignorance (est une capacité)” despliegan una lírica que podría haber salido de una cafetería de novela de Patrick Modiano … si ese local estuviera regentado por alguien que se toma la vida con una pizca de sal y un buen chorro de ironía. Y justo cuando piensas que todo es un juego, llega “Salut”, ese tipo de canción que parece que se ríe contigo hasta que, sin previo aviso, te aprieta el corazón. Inspirada por su ex pareja Isabella Green Catani (que también canta en el disco, porque la ironía nunca está de más), la canción juega al escondite entre el desamor y la autoafirmación, con el músico hablándose a sí mismo y a ella en un doble juego que es, al mismo tiempo, un espejo y una carta sin destinatario claro.
Las colaboraciones, lejos de ser una apostilla para la nota de prensa, son parte del ADN del álbum. Gaétan Nonchalant aporta una especie de complicidad de patio de recreo: juntos suenan como dos viejos amigos que se ríen de chistes privados mientras el mundo sigue girando. Michelle Blades (si, familia de Rubén y con quién ya hablamos por aquí), por su parte, flota sobre las canciones como un fantasma amable, añadiendo una textura que hace que todo suene un poco más misterioso, un poco más bonito, un poco más… inexplicable.
Popcorn es ese tipo de disco que parece ligero hasta que te das cuenta de que lleva días rondando tu cabeza, colándose en tus pensamientos con la misma naturalidad con la que el olor de las palomitas (incluso si las haces al microondas) invade toda la casa. No intenta ser un manifiesto, ni una revolución sonora, ni un testamento emocional. Es, simplemente, lo que pasa cuando alguien decide hacer música desde un lugar honesto, donde la ironía y la emoción no son opuestos, sino dos caras del mismo acorde. Y, francamente, en un panorama musical tan preocupado por parecer interesante, eso ya es, de por sí, algo extraordinario.


