Discos póstumos, a lo largo de la historia del pop, ha habido varios y buenos. Se me ocurren así, a bote pronto, The Cry Of Love, de Hendrix, The Baby Huey Story, de Baby Huey, o el increíble Circles, de Mac Miller. Pero ninguno de ellos tuvo las mismas características que este del que voy a hablar, ni una historia tan larga y desgraciada detrás.
Nadie se lo puso fácil a Matthew Urango. Nació, junto a un hermano gemelo totalmente normal, con espina bífida, cifosis y escoliosis. Y por si todo eso fuera poco, además, debido a que nació también con un pie zambo, llevaba pierna protésica desde los dos años. Su vida, por tanto, fue una sucesión de discriminaciones a causa de su múltiple discapacidad y también, cómo no tratándose de Estados Unidos, por ser de etnia hispana. Pero eso, lejos de desalentarle, le hizo más fuerte.
Aprendió a tocar el piano de forma autodidacta y la música se convirtió antes que nada en vía de escape, pero después adquirió la firme conciencia de que era también un vehículo para cambiar cosas. O al menos, para decirlas bien fuerte. Ya lo decía él mismo: “Soy consciente y estratégico con lo que digo, pero nunca me callo ni comprometo mis creencias ni mi postura. Y quizás las cosas sean más difíciles para mí por ser discapacitado, pero creo que ni siquiera me doy cuenta. Toda mi vida he tenido obstáculos. Las dificultades de mi arte son secundarias a las dificultades cotidianas, como la vivienda y la comida”.
Y el vehículo que usaba para decir todas estas cosas era siempre el mismo: música excelente. Poco a poco se convirtió en un muy buen compositor y productor. Paradójicamente, de música bailable, cuando él no podía bailar. Pero lejos de usar la tristeza o la melancolía como vehículo de expresión, decidió tirar de puro hedonismo.
De hecho, sus comienzos fueron con bandas punk, chúpate esa. Pero lejos de esa estela, paradójicamente cuando realmente empezó a componer, su influencia se centró en la música que hizo Paul McCartney con sus Wings durante los 1970’s. De esa influencia nació Penny Girl, un primer single que se publicó en 2018, ya bajo el apelativo de Cola Boyy, a través del sello francés Record Makers y que llamó la atención de todo el mundo. Entre otros, de MGMT.
La famosa banda australiana se lo llevó de gira, lo cual le condujo nada menos que a actuar en Coachella. Y de ahí, a colaborar con un montón de gente: Mick Jones, The Avalanches, Air, o los propios MGMT reclamaron su genio y claridad de ideas. Pero él quería hacer su propio álbum, que llegaba al mundo en el todavía pandémico año 2021 bajo el título Proshetic Boombox y recibió aclamación unánime por parte tanto de la crítica musical como de una base de fans que no paraba de crecer gracias a canciones tan enormes como Don’t Forget Your Neighborhood o la autobiográfica y maravillosa Kid Born in Space.
No obstante, él quería llevar las cosas a otro nivel. Invirtió mucho tiempo y esfuerzo en que su siguiente disco fuera hecho realmente a lo grande. Su producción fue tan viajera como ilustres sus colaboradores: Andrew VanWyngarden (MGMT), Jared Solomon (productor de SZA, Lola Young, Remi Wolf, Fousheé…), Nate Fox (Chance The Rapper, Lil Wayne) y Lewis OfMan.
Un auténtico all star team para un disco que es puro groove y desinhibición a la hora de mezclar estilos (hip hop, drum’n’bass, psicodelia, disco…) y que contiene —por desgracia— el mensaje final de amor máximo a sus semejantes por parte del autodenominado “innovador del disco para discapacitados”. Entrega así una docena de canciones absolutamente incontestables que difícilmente podrán ser superadas durante el presente ejercicio en términos de suministro de felicidad al oyente.
Puro color, alegría y positividad para desplegar un mensaje de fraternidad e igualdad. Imposible resistir el embrujo inmediato de Babylon, Busy, Heroes and Villains o Blame the Beret, por simplemente destacar algunas piezas de lo que es realmente uno de los conjuntos más sólidos y perfectos de canciones a los que tus oídos, por eruditos que sean, se hayan enfrentado en mucho tiempo.
Y Cola Boyy, o Matthew, que había puesto toda su ilusión y esfuerzo en ver esto realizado, no pudo verlo. Precisamente el día que puso punto y final a la grabación y mezcla de Quit To Play Chess, su hermano gemelo lo encontró muerto en su habitación a la edad de 34 años. Todavía no se conocen con claridad las causas, pero la versión más firme parece ser que murió, obviamente, debido a sus numerosos problemas de salud, que aunque no le impedían realizar sus sueños, como siempre se empeñó en decir en pro de dar esperanza a los discapacitados, siempre estaban ahí.
No obstante, Matthew, el niño que sufrió los insultos de otros niños por ser diferente, el joven que intentó abrirse paso en el mercado laboral para ser discriminado una y otra vez, el adulto que encontró en la música su bailable venganza, lo que ha hecho con este Quit To Play Chess (¿un título alegórico y profético?) es asegurarse un lugar en la eternidad por haber hecho la música perfecta para hacer feliz a todo el mundo: tanto los enteros como los rotos.


