El camino que lleva a Chiva Flor hasta Queremos decir tanto (2026) no arranca en un despacho de la industria musical ni en un local de ensayo con pretensiones, sino en algo mucho más sencillo: una rondalla familiar donde Daniel Chiva tocaba la batería siendo niño y aprendía boleros y canciones populares casi por inercia. Luego vinieron las bandas de indie-rock, un viaje a Australia que terminó cambiando las baquetas por la guitarra y un puñado de canciones que empezaron a aparecer sin demasiada planificación. Con el tiempo esas canciones dejaron de ser un cuaderno privado y acabaron tomando forma de grupo junto a Adrián del Barrio, Juan Ferragud, Vicente Varella y David Albero, cinco músicos que han terminado construyendo Chiva Flor entre Castellón y Valencia, entre días de sol, ensayos tranquilos y alguna merienda regada con horchata. Producido por Xavi Muñoz (Stereolab, Alberto Montero), Queremos decir tanto tiene un sonido cálido y algo rugoso que mira sin complejos hacia los años setenta. En sus canciones conviven el folk anglosajón —de Bill Callahan a Devendra Banhart— con una sensibilidad mediterránea que aparece de forma natural en piezas como Colchón duro, colchón blanco o El olivo. El disco avanza entre escenas cotidianas y pequeñas escapadas imaginarias —Japón, El templo naranja— con una escritura que prefiere sugerir antes que explicarlo todo. Un debut que no parece preocupado por impresionar en la primera escucha, sino por quedarse cerca y crecer poco a poco, como esas canciones que uno acaba tarareando sin saber muy bien en qué momento se convirtieron en pensamientos.
Venís de la rondalla, del indie-rock, de una temporada en Australia y de un regreso a casa. ¿En qué momento Daniel Chiva entendió que aquellas canciones ya no eran un cuaderno privado sino el germen de Chiva Flor?
Dani: Desde que empecé a escribir estas canciones, supe que no eran para ningún proyecto de los que había tenido antes. Y aunque era un poco escribir por gusto o sin pensar en el propósito, poco a poco fue apareciendo la ilusión de que desembocaran en un proyecto propio. Estos últimos años han servido para hacerme a la idea e ir cogiendo confianza para sacar adelante el proyecto.
Habláis de fricción entre influencias transfronterizas y un aroma mediterráneo. ¿Es una suma consciente —Mac DeMarco y Julio Bustamante tomando café en el mismo bar— o una mezcla que ocurre sola cuando uno compone sin mirar el pasaporte?
Dani: Es algo que ocurre sin mirar el pasaporte, como dices. Mac DeMarco está claramente entre nuestras influencias, así como el folk anglosajón. Sí que tenía una intención premeditada de hacer algo de ese folk que me gustaba pero en castellano, lo que pasa es que después sale una mezcla que no habías planeado con influencias que sin darte cuenta también llevas dentro, y me parece lo más interesante de todo.
En Colchón duro, colchón blanco asoma una tradición de canción levantina que algunos vincularían con Julio Bustamante. ¿Os interesa continuar esa conversación en vuestro propio hilo espacio-temporal o preferís que sea una coincidencia feliz?
Dani: Mira, es curioso lo que dices de Julio Bustamante. Yo solo había escuchado Hablando de Van Morrison de casualidad años atrás. Para Colchón duro, colchón blanco, había estado escuchando mucho a Jonathan Richman, y creo que fue un poco un intento de hacer algo similar, un par de acordes y una historia un poco naif con toques de humor. Y a la hora de llevarla a la producción, pensaba en Stadium Soul de Adam Green. Pero después sale lo que sale. También, es lo que he dicho alguna vez, el disco se hizo aquí, entre Castellón y Valencia, principalmente entre días de sol y meriendas de horchata. Es imposible que no quede plasmado de alguna forma. Aunque sí que habíamos estado escuchando por ejemplo un disco mediterráneo que me parece increíble de Lluis Llach, El meu amic el mar, no sé cuánto influyó.
Tengo que decir que a raíz de tus comparaciones sí he estado escuchando a Julio Bustamante y he conectado con él. Me ha gustado entre otros un disco que se llama La vida habla, creo que no es de los más conocidos, ¿no? No está claro por dónde tiraremos próximamente, pero sí sé que me gustaría escribir canciones tan buenas como Inmensidad o Lo que dicen las cartas.
Muchos títulos de una sola palabra y letras que alternan costumbrismo con imágenes más abiertas, casi oníricas. ¿Es una manera de fijar lo cotidiano sin convertirlo en postal? ¿Cómo trabajáis esa tensión entre lo cercano y lo extraño?
Dani: Mmmmm, pues creo que lo cotidiano a veces coge un toque mágico, que te sobrepasa, y es ese sentimiento el que en muchas ocasiones me ha llevado a escribir. No es que quiera crear un mundo onírico en las canciones, sino que a veces siento el mundo así.

Queremos decir tanto suena a declaración y a advertencia. En una época en la que cada cual dispone de su altavoz digital, ¿qué significa para vosotros “decir” algo en serio? ¿Reivindicar un pedacito de cielo sigue teniendo sentido en la música independiente de hoy?
Dani: Quizás decir algo en serio sea simplemente decir tu verdad, ahondar en ella. Con reivindicar un pedacito de cielo no sé exactamente a qué te refieres; si es a ser optimista y a reivindicar la belleza, te lo compro. Por muy mal que esté el mundo, el mensaje que me nace compartir es ese.
Y si lo dices relacionado con lo espiritual, pues también. Yo sí estaba muy interesado en ese mundo a la hora de escribir este disco.
Juan: Queremos decir tanto (pero ¿tenemos tanto que decir?). Para mí, el título no es una frase acabada, sino una puerta a algo más, una puerta al disco, a nuestra música, y también una forma de no tomarnos más en serio de lo necesario y decirle al oyente que pase y juzgue por sí mismo si realmente tenemos tanto que decir.
La producción de Xavi Muñoz apuesta por una textura setentera y cruda, incluso por el vinilo como soporte natural. ¿Qué decisiones técnicas fueron irrenunciables en el estudio y cuáles surgieron por accidente, que a veces es el mejor productor?
Dani: Xavi entendió lo que buscábamos desde el principio, a veces incluso mejor que nosotros. Prácticamente no hubo diferencias, fue una suerte encontrarlo. Los sintetizadores en algunas de las canciones son también suyos, por ejemplo en Pájaros, Colchón y El olivo. Todos un poco a base de prueba y error en el estudio con un sinte KORG suyo. De repente nos dimos cuenta que era el sonido que estábamos buscando. También grabó in situ el bajo de El olivo, que nos parece una maravilla.
Australia aparece como paisaje formativo. ¿Qué queda de aquel viaje en la música de Daniel Chiva y del grupo? ¿Hubo alguna “canción de carretera” —a lo Bruce Chatwin sin brújula— que os ayudara a entender hacia dónde ibais?
Dani: Lo más significativo que me pasó musicalmente en Australia fue conocer a mi amigo Lachy, musicalmente Jarrah Ma.
No me canso de decir que es el compositor más talentoso que he conocido, y me inspiró a hacer un estilo concreto de canción.
Aunque sí que hay un disco que escuché muchísimo por carretera y que a día de hoy sigue siendo de mis favoritos: Dream River de Bill Callahan. Curiosamente, Juan lo descubrió por su cuenta hace poco y le encantó también.
Juan: Quizá no para este primer viaje, pero en un hipotético segundo disco, seguro que Dream River me acompañará. Hay algo muy bonito en cómo juega con el espacio y el silencio, algo que ya veo en algunos temas de este disco y que me gustaría explorar.
El romanticismo y el viaje atraviesan temas como Japón o El templo naranja. ¿Son destinos reales, metáforas sentimentales o un poco de ambas cosas? ¿La geografía os sirve para hablar de otra cosa que no se puede nombrar de forma directa?
Dani: El templo naranja sí que hace referencia a uno que vi en la India, aunque es un poco una metáfora de un lugar vital. En Japón no he estado pero era donde iba a ir de vacaciones una amiga de ese momento. O sea, que contestando a tu pregunta, hay algo de real y algo de imaginario. Creo que los lugares dicen mucho por sí solos y te pueden ayudar a la hora de expresar algo.
Volviendo al estudio: ¿cómo se articuló el trabajo colectivo entre vosotros cinco? ¿Hay jerarquías claras o el disco se construyó como una conversación larga donde cada uno defendía su esquina sonora?
Dani: Pues lo que pasó es que, como te comentaba, a la hora de grabar el disco no había una pretensión clara detrás. Lo hice simplemente con mis amigos Víctor Puig y Juan Ferragud. En el momento en que se decidió sacar este proyecto adelante, fue cuando Juan(bajista actual) y yo buscamos una banda y pasamos a ser cinco. Lo curioso es que ahora el resto de integrantes —David, Vicente y Adrián— se han implicado mucho en el proyecto y lo sentimos como algo conjunto. Tenemos sintonía y estamos intentando enriquecer el proyecto de diferentes formas.
Juan: El germen de las canciones lo aportó Dani, pero el proceso de creación fue abierto y sincero: a veces juntos, a veces por separado. Fuimos aportando piezas desde nuestras esquinas sonoras, pero siempre con el conjunto en mente.
En directo habláis de una experiencia más “groovy” y cambiante. ¿Qué transformaciones sufren las canciones sobre el escenario? ¿Hay temas que en vivo se desmelenan o que, por el contrario, se vuelven más austeros?
Dani: Al haber pasado a ser una banda, el directo suena más a esta mezcla de los cinco. Algunas más lentas, otras más rápidas. Se respetan la mayoría de arreglos del disco, pero quizás coge un toque más animado, nos recreamos más en los toques psicodélicos y también intentamos que sea divertido dentro de lo posible.
Dentro de poco vamos a estrenar un vídeo en directo con siete de las canciones del disco.
El origen en la rondalla familiar y en las canciones populares es evidente. Con este disco, ¿seguís afrontando la canción popular con otros nombres y otras herramientas? ¿Hay algo de aquel niño de 10 años tocando boleros que todavía marque el compás de Queremos decir tanto?
Dani: Yo espero que siga habiendo mucho de ese niño. Los vínculos con la canción popular no son premeditados, es un poco lo que sale, pero me parecen lo máximo esas canciones que se hacen tan de la gente que ya no sabes quién las escribió.


