Cécile McLorin Salvant / Oh Snap (Nonesuch, 2025)

Cécile McLorin Salvant ha tenido a bien regalar al mundo Oh Snap, una obra que confirma su condición de orfebre inclasificable: vocalista, compositora, curadora de repertorios perdidos y autora de un método propio donde lo clásico convive con lo doméstico-digital sin aspavientos. De Miami al Conservatorio Darius Milhaud, del premio Thelonious Monk a la mini-ópera Ogresse, su trayectoria no va en línea recta: zigzaguea entre Sarah Vaughan, Betty Carter y Bessie Smith, el barroco, la chanson y un oído afilado para las canciones con historia. 

Aquí redobla la apuesta con un laboratorio íntimo que empezó en soledad —GarageBand, Logic, plugins MIDI, algún Auto-Tune travieso— y se pulió luego con su banda habitual (Sullivan Fortner, Yasushi Nakamura, Kyle Poole) y las armonías de June McDoom y Kate Davis. Resultado: un disco que mezcla la mano humana con la herramienta digital, y surge feliz tras el envite.

La apertura, I Am a Volcano, sube como la marea: voz clara, loop de batería y una tensión que crece sin grandilocuencia. Anything But Now toma la procrastinación por el hombro y la contonea con un swing ligero, con Fortner colocando el mobiliario justo donde debe. Take This Stone mira a la llanura folk-country: guitarras de madera, coros templados, una melodía que parece sencilla hasta que deja de serlo y que mira a Joni Mitchell a los ojos. En What Does Blue Mean to You, la sombra de Toni Morrison ordena la escena: diálogo primero, lamento soul después. A Little Bit More juega al electro-pop con Auto-Tune de bolsillo, como si Cécile hubiese encontrado un viejo pendrive de 2011 y lo conectara por puro placer. El tema titular, Oh Snap, rebota sobre un sinte juguetón; Nun contrapone canto sublime y caja de ritmos luminosa; y A Frog Jumps In cierra con vibráfono áspero y niebla de sintetizador: el diario de un sueño que decide no explicarse. Entre líneas, un a capella de 27 segundos de Brick House de The Commodores: guiño doméstico, sonrisa de estudio.

El interés de Oh Snap no está solo en el listado de recursos, sino en cómo Salvant administra el contraste. No busca la vitrina pulida: prefiere la pátina y las motas de polvo. Hay pop electrónico, folk y jazz, sí, pero lo que de verdad hace avanzar el conjunto es esa ética del “limpia y sucia y bonita y fea” que reivindica la tentativa, el borrador que respira. Si Ghost Song y Mélusine abrían puertas, Oh Snap cruza el umbral y se instala en una habitación donde Miami 90s, el American Songbook, la tradición afroatlántica y el humor conviven sin alfombra roja. La producción deja ver el andamiaje —loops, capas, pequeños ruidos— y, lejos de restar, añade carácter.

Cécile McLorin Salvant ya no compite en la categoría de “gran voz de jazz” —ese traje le queda estrecho—, sino en la de artista total que canta, escribe, dibuja y comisaría. Oh Snapes su demostración de fuerza más fresca: tecnología como herramienta, no como mero disfraz; repertorio propio que conversa con el archivo de los tiempos; vulnerabilidad sin solemnidad. Y una idea que conviene subrayar: el swing también puede salir de un error bien aprovechado. Si eso no es futuro, que venga Bessie y lo diga.