Bruno Pernadas / unlikely, maybe (Pataca Discos, 2026)

El nuevo giro de Bruno Pernadas empieza por la mesa. No por una imagen de taller artesano, ni por una postal cozy de estudio con planta nórdica, taza de cerámica y dos lápices perfectamente alineados, sino por una mesa de verdad: cables enredados como si hubieran pasado allí una mala noche, pantallas encendidas a destiempo, teclados, papeles, una lámpara con vocación de superviviente y ese desorden minucioso que delata a quienes trabajan muchas horas sin perder tiempo en fingir que no. La portada de unlikely, maybe parece el escritorio de alguien que lleva semanas persiguiendo una música que todavía no existe del todo. Los devotos del setup impoluto probablemente la colgarían en la pared de los horrores; para Pernadas, en cambio, funciona como reflejo artístico y vital. Después de años levantando universos de fantasía elegante, collages soleados y sofisticación casi en tecnicolor, aquí decide enseñar la pecera. El PC, digamos, como paisaje moral.

Lo interesante es que ese aterrizaje visual en lo concreto no conduce a un disco más seco o más pedestre. Ocurre justo lo contrario. unlikely, maybe es quizá el álbum más abierto, más movedizo y más difícil de fijar con una sola etiqueta de toda su carrera. Ahí sigue el orfebre pop que en trabajos anteriores manejaba la melodía con una mezcla de precisión y travesura poco común, pero algo ha cambiado en la arquitectura de las canciones. Pernadas se aleja de ciertas comodidades armónicas, se desprende de algunos hábitos del pop de cámara que le habían dado tantas alegrías y empieza a merodear por un territorio menos domesticado, más poroso, donde el jazz espiritual, la fusión, el dub, la psicodelia, el samba contemporáneo y cierto futurismo de baja intensidad conviven sin darse codazos. No es un disco que quiera demostrar amplitud de miras a base de catálogo. Es, más bien, la crónica de una mudanza interior.

En ese sentido, unlikely, maybe tiene algo de obra transitoria en el mejor sentido del término: no como sala de espera, sino como pasillo secreto. Después de cerrar con Private Reasonsuna etapa especialmente inspirada de su discografía, Bruno Pernadas opta por desordenar la habitación para ver qué queda en pie. Y queda bastante. Queda, por ejemplo, su intuición melódica, que sigue apareciendo cuando menos se la espera uno. Queda también su habilidad para que músicas muy distintas respiren dentro de una misma pieza sin parecer un mosaico de ideas pegadas con cinta aislante. Y queda, sobre todo, una rara capacidad para hacer que lo refinado y lo experimental convivan en paz, como dos vecinos que se habían llevado fatal y un día descubren que comparten proveedor de café.

La apertura con Untitled (raindrops) coloca enseguida al oyente en ese terreno incierto. Es una de esas entradas que no abren tanto una puerta como una deriva. La pieza avanza con delicadeza, casi tanteando el aire, hasta desembocar en un final cuya sensación de desvío permanente resulta decisiva para entender el disco: varios cambios de tono que podrían haber parecido caprichosos acaban funcionando como una pequeña declaración de intenciones. Pernadas no quiere que la canción llegue donde uno supone. Prefiere torcer el plano, mover la cámara, dejar que la música se desplace unos centímetros hacia una zona menos cómoda.

Juro que vi túlipas, con Maya Blandy, introduce otra de las virtudes del disco: su manera de incorporar elementos en apariencia ajenos sin que suenen a excursión programática. Hay en ella un pulso de fusión nerviosa, un fraseo elástico, un uso del color vocal que roza por momentos lo fantasmagórico, y hasta una incursión en el rap que, lejos de romper el clima, añade una pequeña grieta luminosa. Que sea una de las piezas más difíciles de tocar del repertorio no extraña demasiado: por dentro está llena de mecanismos, cruces y pequeñas trampillas. Pero no se presenta como un artefacto aparatoso. Circula con naturalidad, como esas conversaciones sofisticadas que parecen improvisadas y luego uno descubre que exigían una inteligencia feroz.

La favorita declarada del autor, Steady Grace, sirve para recordar que en Pernadas el gusto por la construcción compleja nunca ha excluido el placer físico del ritmo. Aquí la sombra jamaicana aparece con una soltura admirable. Hay algo de dancehall, algo de rocksteady, algo de dub, pero filtrado por una imaginación armónica que evita la cita turística. Lo notable es cómo consigue que la pieza mantenga una ligereza casi juguetona mientras por debajo laten decisiones de arreglo muy finas. Nacida, además, de una improvisación con un pequeño teclado Casio, la canción conserva ese aire de hallazgo feliz que suele evaporarse en cuanto entra el estudio en escena. No ocurre aquí: sigue sonando a idea pillada al vuelo, todavía caliente.

Más adelante, Já não tem mais encanto, con Lívia Nestrovski, desplaza el foco hacia un samba contemporáneo de gran elegancia, sin caer en la postal ni en la devoción inerte. Pernadas trabaja el género con respeto, sí, pero sobre todo con curiosidad compositiva, buscando una textura propia. La voz de Nestrovski aporta una tersura muy precisa, y la canción avanza con un equilibrio raro entre cercanía y extrañeza. No pretende remedar una tradición; la visita, conversa con ella y sale de allí con algo suyo entre las manos.

Campus on Fire introduce una inquietud distinta. Inspirada en una imagen mental próxima a Fahrenheit 451, escrita en parte durante viajes en tren, posee ese temblor de las canciones que nacen en tránsito y no terminan de asentarse en un único lugar. Hay en ella una cualidad casi narrativa, de sueño fragmentado, y también un gusto por la tensión contenida que le sienta particularmente bien al disco. No es casual que en este punto unlikely, maybe empiece a revelarse como una obra menos centrada en la canción entendida como objeto cerrado y más interesada en el clima, el recorrido, la deriva de cada pieza hacia su propia periferia.

Con His world, junto a Margarida Campelo, reaparece fugazmente el Pernadas más cercano al pop sofisticado, aunque ya contaminado por esa nueva querencia por las estructuras abiertas. El estribillo tiene una pegada sedosa, un punto R&B muy bien calibrado, pero lo mejor llega cuando la canción decide no conformarse con esa eficacia y se interna en una zona final de improvisación con guitarras distorsionadas. Ahí es donde el disco gana espesor. No porque reniegue de la melodía, sino porque la somete a una pequeña prueba de resistencia.

El corazón más claramente cósmico del álbum aparece en Spiritual Spaceman, con Leonor Arnaut. El título podría haber empujado la pieza hacia una caricatura de misticismo sideral, pero Pernadas evita el disfraz y construye algo mucho más fértil: una composición que mira al jazz espiritual y al imaginario astral sin volverse solemne. Están ahí las huellas de Alice Coltrane, Sun Ra, Don Cherry, Pharoah Sanders, incluso del Art Ensemble of Chicago, pero no como estampitas de una educación sentimental jazzística, sino como fuerzas que todavía empujan la música hacia delante. La grabación con toda la banda tocando al mismo tiempo le da una respiración especial, más orgánica, menos intervenida, y el coro final, surgido casi sobre la marcha, aporta a la pieza una vibración comunitaria muy hermosa, como si por un momento el laboratorio dejara paso a la ceremonia.

Leo Minor, cuyo título remite a la constelación y no a una de sus intérpretes, prolonga esa sensación de viaje lateral. Es una pieza serena, sí, pero no apacible en el sentido decorativo del término. Hay en ella una calma atenta, una suspensión que parece observar el disco desde cierta distancia, como si tras el bullicio de ideas anterior hiciera falta un tramo de carretera nocturna. Pernadas ha trabajado a menudo con la noción de espacio, pero aquí lo espacial ya no es un simple recurso de ambientación: es casi una forma de composición.

El cierre con Song in MT-65, cuyo título juega con el modelo del teclado como si fuera una tonalidad imposible, termina de confirmar que unlikely, maybe es un disco de laboratorio, aunque uno bastante hospitalario. Lo que pudo haber sido una pieza tensa, repetitiva y agresiva acaba convertido en una celebración torcida, colectiva, muy viva. La banda aquí resulta decisiva. Y ese es otro de los grandes aciertos del álbum: la sensación de que Pernadas, siendo un multiinstrumentista minucioso y un compositor de control fino, ha querido abrir ventanas para que entre el resto del elenco. No estamos ante el gesto clásico del auteur que lo decide todo desde su centro impecable, sino ante un director musical que disfruta viendo cómo las canciones cambian cuando otros las rozan.

Esa condición más colaborativa se nota en toda la producción. Grabado en buena parte durante el verano de 2025, incluso en su propio apartamento y sin blindar el sonido frente al mundo exterior, unlikely, maybe respira de otra manera. Hay una voluntad clara de dejar que la realidad se cuele en el disco, no tanto mediante ruidos anecdóticos como a través de una textura menos aislada, menos museística. Y eso le sienta muy bien a su música. Porque si algo demuestra este álbum es que la famosa estética del escritorio feo —el ugly desktop sound, por llamarlo de algún modo— no conduce aquí a un artefacto árido ni a una provocación conceptual de poca monta. De ese aparente caos doméstico sale un collage jugoso, nutritivo, lleno de detalles y desvíos fértiles. Como si al abrir un cajón atestado de cables, libretas y teclados antiguos apareciera, en lugar de un síndrome de diógenes musical, una pequeña cartografía del porvenir.

A sus treinta y pocos años, Bruno Pernadas vuelve a demostrar que pertenece a esa estirpe rara de músicos capaces de cambiar de piel sin teatralizar demasiado la metamorfosis. unlikely, maybe no busca epatar ni fabricar una ruptura estridente con su pasado. Le basta con mover algunos muebles decisivos, cambiar la orientación de la brújula y dejar que las canciones pierdan un poco el miedo a extraviarse. El resultado no es un disco menor de tránsito, ni una libreta de apuntes entre obras mayores. Es un álbum con entidad propia, uno de esos trabajos que quizá no entran de inmediato por la puerta principal, pero que acaban quedándose a vivir en casa de uno. Y viendo la mesa de la portada, no parece que vayan a aburrirse.

Bruno Pernadas amplía aquí su lenguaje sin perder pulso melódico ni precisión en los arreglos. unlikely, maybe no entra tan fácil como otros discos suyos, pero su ambición y su riqueza de texturas lo convierten en un trabajo con poso.
8.5