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Luis Boullosa es Broke Lord. Foto: Elvira Jardón

“Durante febrero de 2019 Broke Lord grabará su tercer disco, que lleva como título provisional ‘Fake wind’ y que apunta maneras algo más experimentales, dentro de nuestra prerrománica oscuridad pop. Si hay sellos interesados en pagarme unas vacaciones en Jamaica, soy fácil de encontrar. La gente también me pregunta a veces si vamos a tocar en directo y a girar. La respuesta es no.” Cuando Luis Boullosa (Madrid, 1975) asoma la cabeza tras la trinchera, sus balas salen disparadas sin medias tintas. Un estilo a bocajarro que pone en práctica desde su posición de escritor, periodista y músico, y que ha cristalizado en numerosos artículos para importantes revistas del gremio – con ese estandarte romántico de la contracultura que es Karate Press como bandera, libros referenciales como ‘Santos y francotiradores‘ (66 RPM Edicions, 2016) o con su alter ego musical Broke Lord, con el que ha publicado dos referencias trenzadas por el folk oscuro y el rock menos complaciente – ‘Death of a flower‘ (Discos Belamarh, 2016) y ‘Nazgul says’ (Orphan Records / Cosmic Tentacles, 2018), de los que hablamos en la siguiente entrevista.

Portada de ‘Nazgul says’

Podríamos decir que ‘Nazgul says’ es una especie de ‘El corazón en las tinieblas’ (J.Conrad) musicado, un descenso a los infiernos tanto propios como ajenos para después intentar salir de ellos de la forma más airosa posible. ¿Cómo lo ves?

Sin duda es un viaje. Y sin duda es un viaje sin destino cierto. Quizá llegue a alguna parte con el tercer disco, que grabaremos en febrero de este año, de nuevo en la Mina (Sevilla), pero lo dudo, y tampoco importa. En mi caso, el tipo de viaje y el tipo de concepto con el que juego sólo se desvelan una vez acabado el disco, y aún así muy lentamente. Yo mismo me pregunto a menudo sobre qué tratan mis discos y las respuestas que encuentro varían bastante según el día. Mientras se trabaja, se funciona por una mezcla de instinto y de necesidad, y una vez acabado, además, es lícito y necesario que cada persona que escuche un disco lo interprete como quiera. Ese es el centro exacto del proceso creativo, sospecho, el nudo. Así pues, tu interpretación me parece válida e inteligente, pero probablemente dice más de ti que de mí, más de tu percepción del mundo que de mi método. Si el disco es lo bastante bueno, cada uno identificará esa sensación de viaje con su propio viaje particular, espero. Ya lo decían en Bailando con Lobos: “¡Por tu viaje!“. Era un gran brindis. Lo he usado muchas veces.

pesar del tono oscuro y abrupto de las canciones de vuestro nuevo disco, su concepto difiere de las de ‘Death of a flower’. ¿No es así? ¿Aquel era más gótico y este tiende a la épica?

Si esto es la épica es una versión muy postmoderna de la épica. ¿Hay épica en las cosas destruidas, en su contemplación, en su vacío? Quizá el rastro de la épica, la marca del error que es a menudo la épica. “All things swept sole away/ this -is immensity-”, escribió Emily Dickinson. Cualquier sensación de inmensidad que provoque el disco viene de lo arrasado y lo vacío. Pero, repito, esa es sólo mi opinión. Ese disco ya no es mío, es de quien lo tenga. ¿Qué es la épica, en todo caso? Podemos confundirla con un teclado reminiscente de Nick Cave, con Brad Pitt conduciendo una moto hacia el ocaso, con un duelo de porquerizos en un corral de Medina del Campo No creo que la gente recuerde ya lo que era, y por tanto debemos redefinirla si queremos utilizarla. ¿Y qué es lo gótico? Pese a una cierta pulsión ascensional, siempre me he considerado más cerca de lo románico que de lo gótico. Mis discos son, creo un poco así: tienden a tierra, están construidos muy dentro de su entorno, sus primitivismos son obvios, recios y algo naif, y en su hieratismo hay ocasionalmente algo encantador.

Lo que queda claro es que Broke Lord es un proyecto Kamikaze y totalmente alejado de la tendencia. ¿Lo de recurrir a Tolkien para titular un disco surge de una opción estética o es un reclamo para según qué tipo de oyente?

La tendencia me da igual, pero sospecho que en la percepción de la supuesta marginalidad o vanguardia de un disco influye subliminalmente la fama previa de su autor. Si este disco lo firmasen, digamos, Bonnie Prince Billy, o Mark Kozelek, se consideraría perfectamente dentro de canon y tendencia. A mí me parece clásico, es decir, integrado en una corriente eterna y formulado según criterios de eficacia establecida. Espero, en consecuencia, que envejezca pero permanezca, con esa patina progresiva que enriquece todo lo clásico. Igual que le pasa, por ejemplo, a una iglesia antigua cuando no se comete el garrafal error de blanquearle la fachada; cuando se entiende que la huella de la permanencia es la esencia de su poder. Hemos de trabajar para lo eterno, dentro de nuestra posibilidad. La frivolidad, ocasionalmente, puede ser un elemento de lo eterno/humano. Quizá todo esto suene algo pretencioso, pero son las prerrogativas de la marginalidad y del éxito, que a veces se tocan. Para morderse la lengua ya está la clase media. 

No me gusta Tolkien. Su obra me parece un pastiche maniqueo carente de estilo y casi inadmisible viniendo de alguien que teóricamente conocía su campo. Sin embargo, el nazgul me parece una figura poderosa cuando se lo saca de contexto y se lo pone en situación de debilidad confesional. Esto, de nuevo, está pensado a posteriori, explicado mucho después. Cuando la idea viene a la cabeza, llega ya completa. Por otro lado, el guiño del título carga más sobre la Velvet Underground, sospecho. Todas esas canciones que eran al tiempo retrato, conversación y cotilleo. Dylan y Reed inventaron, entre otras muchas cosas para quien sabe escuchar, ese tipo de rock&roll.

En cuanto a lo de Kamikaze, no sé. Creo que ‘Nazgul says’ es un disco de pop perfecto para regalar en navidad, y no creo que requiera un tipo de oyente concreto. Pero es muy posible que me equivoque. Sería en todo caso un kamikaze involuntario. El underground es en mí una enfermedad sobrevenida que se ha aprendido a querer a la fuerza, pero que no busco. Siempre quise ser normal, sólo que no me dejaron. Ellos sabrán el porqué.

En el disco combináis pasajes más ambientales y centrados en la repetición (expresamente en la parte central del mismo con canciones trenzadas por bajos rotundos y guitarras afiladas como ‘Digital mother’ o  ‘Eve of all churches burning’ (donde acecha el espectro de Michael Gira) con temas más luminosos, ‘New town’ (pese a su duración) o ‘Illumination‘, con una melodía hasta tarareable. ¿Un claroscuro intencionado?

Todo el disco es repetitivo y estructuralmente muy minimal, si te fijas, pero al alargar la duración de los temas y eludir de vez en cuando el estribillo clásico quizá esa sensación se acentúa, sí, en esa fase interna del disco, en el centro del bosque de las canciones, donde todo parece no ir a parte alguna y al tiempo fluir. La naturaleza es así: fluye y no tiene destino. Y nosotros somos la naturaleza. Lo luminoso no se contrapone a este hecho, sino que surge de él, al cabo de un rato.

Foto: Elvira Jardón.

A mi parecer, las canciones clave son ‘Hole of a soul’ e ‘Illumination’. Caída y redención, y la transformación que de ello deviene. ¿Es así? 

Hole of a soul‘ e ‘Illumination‘ son dos temas en los que la gente no suele fijarse demasiado y que a mí me parecen efectivamente muy logrados y bastante significativos, quizá por su concisión, igual que ‘I wanna go to the beach‘, que cierra el disco y es quizá mi canción favorita de esa colección… En mi modestia, son hallazgos, aunque carezcan de esa amplitud que la gente a veces confunde con la profundidad, sobre todo en esta época tan descreída y por tanto tan obsesionada con lo ritual. El de redención, sin embargo, es un concepto cristiano con el que no comulgo. Soy un ser ajeno a ese concepto de culpa radical, iniciática, eterna que crea a su vez la idea de redención. Carezco de esa pulsión masoquista tan útil. Luego, el juego no es el de la redención, sino, acaso, el de la sanación. No estamos ni salvados ni condenados. En mi universo simplemente no estamos. Pero es interesante ejercer ese “no estar” lo más sanamente, lo más alegremente que podamos. 

Rematas parte del dibujo de este paisaje con alusiones al uso pernicioso de la tecnología, a lo impersonal que se vuelve todo entre nubes y ratones (‘Step like a mouse, pass like a cloud’). ¿Fantaseas con nostalgia si hubieras podido participar de una industria cultural (previa a la era 2.0) donde lo analógico podía implicar una mayor singularidad?

En realidad es ahora cuando lo analógico es una singularidad. No odio la tecnología, pero odio que se me imponga, como odio cualquier otra imposición, por muchas ventajas que tenga. Esa es una lucha actual, aunque creo que no mucha gente se da cuenta de ese proceso de control. “I’m starting to feel I wasn’t made for this world“, cantaban los Felice Brothers. Nadie fue hecho para su tiempo, en realidad, excepto esa raza superior de los idiotas. Es decir, casi todo el mundo fue hecho para su tiempo. ‘Digital mother‘ es una canción sobre vivir inadvertido, también. Algo que es al tiempo deseable y terrorífico. Y sobre no ser.

En ‘New town’ resuenas como un songwriter del noroeste norteamericano narrando el sopor de cierto tipo de ciudades. ¿Una suerte de Bill Callahan galaico cantando sobre las ciudades de provincias?

Hay dos canciones sobre los pueblos pequeños. Una dice “nada mejor que mi pueblo pequeño“, y no vale la pena, no llega a ser un tema. La otra dice “por dios, tengo que salir de aquí echando hostias“, y es un tema eterno. Este se ha formulado mil veces y cada uno lo canta a su manera. Pongamos ‘Small town‘, de Songs For Drella, o ‘Don’t think twice‘, de The Freeweelin, o ‘Irene Wilde‘, de All American Alien Boy, o ‘Ask‘ de los Smiths. ‘New town‘ es mi versión de ese tema eterno. Es un ajuste de cuentas necesario y probablemente no demasiado sutil con una realidad que puede matarte el alma si no la evalúas y la ubicas en el lugar adecuado. Normalmente la escucho y pienso: “¿Cómo coño hice yo esto?“. Lo cierto es que todo el disco me resulta irreal, como hecho por otro. Lo escucho como algo brillante pero bastante ajeno. Creo que eso es bueno, y quizá sea en parte por el gran peso que tiene la gente que colaboró y que produjo (Marco Serrato, Macky Chuca, Asier Maiah, Raúl Pérez, Antonio J. Moreno), la cierta libertad de elección que tuvieron y lo relativamente improvisado y montaraz del proceso. 

Los coros doblados de Macky Chuka son uno de los grandes hallazgos del disco. ¿Nadie mejor que ella para enfatizar el aire poético de estas canciones?

Macky fue parte del proceso nuclear de ambos discos; parte esencial de todo ello desde la primera canción que escribí, en 2014, que fue ‘Chapel within‘, que cierra ‘Death of a flower’. Sin ella nada de esto existiría ni habría sido como es. Tú no estarías haciendo esta entrevista, ni yo contestándola. La considero parte de la médula de toda mi reflexión y toda mi artesanía, aunque eso no se vea en primer plano. En cuanto a lo obvio, canta muy bien, tiene un sentido poético poderoso y se adapta perfectamente a mi modo de gruñir. Creo que en todo esto me entendió bien y me tuvo fe. No era sencillo y lo agradezco. Es lo que se llama una piedra angular, y me alegra que en este caso, contradiciendo a la Biblia, no pase inadvertida. Por supuesto, ella tiene su propia carrera musical y literaria, que recomiendo investigar. 

Hay un grupo que me vino a la cabeza nada más escuchar gran parte de estas canciones. Me refiero a The Triffids, y su visión poética, con un rock de poso lento y no exento de cierta oscuridad, de los trasuntos humanos. ¿Son un referente para ti o mi apreciación es fallida?

Conozco a The Triffids, claro, pero siendo sincero no fueron una influencia en ningún momento, aunque me lo tomo como un cumplido. Hace años que no los oigo. Puedo ver las similitudes posibles, si lo pienso, aunque creo que ellos son más impostados, más teatrales. Hay muy poca teatralidad en Broke Lord, y menos cosas crípticas de las que podría parecer. Es todo bastante literal. Si digo “vivo en el hueco de un alma“, normalmente es exactamente eso lo que quiero evocar: que vivo en el hueco de un alma. Hay menos metáfora de la que pudiese parecer, y la misma música es bastante al hueso.

Creo importante destacar el empeño que pones en escribir letras estéticamente conscientes y que mantienen el afán de contar cosas más allá de las obviedades. Algo poco común entre los artistas locales que se escudan en el inglés para disimular impericias. ¿No has pensado en lanzarte a escribir tonadas en castellano?

En cuanto al idioma, ya hago muchas cosas en castellano: novelas, ensayos, poemas… Hacerlo en inglés y tratar de hacerlo bien es una de las diversiones que me proporciona este proyecto. Me siento cómodo, no siento que lleve máscara alguna al hacerlo. Es fácil, igual que es más fácil contarle tu vida a un desconocido en un bar que a tu familia. Y más seguro. Y más divertido. Y más creativo. Es como ir encapuchado por una calle llena de gente, y me gusta.

Dijiste en determinada ocasión que “Las canciones sirven para alejar el miedo a la oscuridad“. ¿Con las de ‘Nazgul says’ has conseguido disiparla?

Eso lo dijo Josele Santiago en la entrevista que le hice para mi libro ‘Santos y francotiradores‘, y lo he citado yo varias veces, sí. Sin duda es una de las muchas cosas para las que me parece que puede servir una canción, no la única, como sí sostenía él. En ese libro mío se habla mucho sobre qué es la canción, pero me he cansado un poco de teorizar; estoy en una fase más experiencial. Sospecho también que el miedo a la oscuridad se supera internándose en ella, abrazándola. Este año ha sido muy oscuro para mí, pero, y era inevitable, he extraído mucha luz de ese trayecto sombrío. Eludir la oscuridad, creer locamente que se puede evitar, es lo que ha convertido a los hombres en monstruos. Sin embargo, si miras a la oscuridad a la cara y mantienes la mirada el tiempo suficiente al final resulta que ella está tan desvalida como tú. Y podéis iros juntos a tomar una copa.