Brian Bilston & The Catenary Wires / Sounds Made by Humans (Skep Wax, 2025)

Un poeta que escribe en Excel y una banda formada por ex miembros de Talulah Gosh y Heavenly se cruzan en la vía del indie pop británico. Podría sonar a título de corto amateur en festival de cine de provincias, pero la unión de Brian Bilston y The Catenary Wires da lugar a algo mucho más sustancioso: Sounds Made by Humans, un álbum donde los versos se convierten en estribillos y las guitarras dulcifican la puntería satírica.

La cosa no va de poner una voz grave leyendo poemas con un violonchelo por detrás. Aquí hay canciones, melodías, coros y una producción de pop doméstico con brillo artesanal. Rob Pursey, mitad del dúo junto a Amelia Fletcher, toma trece poemas del esquivo Bilston y los convierte en piezas cantables, bailables, y a ratos, deliciosamente absurdas. El propio Bilston aparece a veces recitando con esa solemnidad inglesa que hace reír incluso cuando habla de la muerte del alma por exceso de reuniones laborales.

Entre los temas: listas, entrevistas de trabajo, adolescencias en forma de cinta de casete, crisis de los cuarenta, instrucciones para amar como si fueras Alexa, y la noble declaración: “Thou Shalt Not Commit Adulting”. A destacar también “Every Song on the Radio Reminds Me Of You”, con su guiño a la nostalgia de hits ochenteros y su melancolía retro, y “31 Rules for Midlife Rebellion”, que podría estar en la misma playlist que Gang of Four si estos se hubieran criado con fanzines y episodios de Black Mirror.

Brian Bilston (o Paul Millicheap, como le llaman cuando no está escondido tras un libro), lleva años alimentando la red con poemas en forma de tabla, diagrama o carcajada. Le llaman “el Banksy de la poesía”, quizá porque también juega al escondite con la fama. Su humor —que mezcla juego de palabras, ironía política y ternura cotidiana— se alinea aquí con el pop melancólico pero no abatido de los Catenary Wires, que saben mucho de eso desde los días de Heavenly y el twee rebelde.

The Catenary Wires son algo así como el eslabón emocional entre la inocencia twee de los ochenta y la madurez melódica del indie actual. Formados en 2014 por Amelia Fletcher y Rob Pursey, veteranos de culto en bandas como Talulah Gosh, Heavenly, Marine Research o Tender Trap, el dúo ha ido refinando un pop de cámara íntimo, donde la fragilidad nunca es sinónimo de blandura. Su evolución los ha llevado de lo doméstico a lo universal, con letras que resuenan en quienes alguna vez amaron a través de una canción grabada en cinta. Que acabaran colaborando con Bilston, poeta de lo cotidiano y cronista del absurdo moderno, parece menos una casualidad que una consecuencia natural: tarde o temprano, dos narradores del detalle y la ironía tenían que cruzarse.

La crítica británica lo ha llamado “una colaboración hipnótica”. Pero más que eso, es un disco que puede gustar a los fans del indie de dormitorio, de la sátira con encanto, del costumbrismo inglés en clave bossa nova (Customers Who Bought This Record…), de los dúos a lo Hazlewood/Sinatra pasados por filtro británico y del arte de hacer reír con canciones.