Gadabout Season. Suena a algo ligero, casi frívolo. Como una estación en la que uno se dedica a ir de un sitio a otro sin rumbo fijo, probando cosas, dejándose llevar. Y sin embargo, bajo esa superficie despreocupada, Brandee Younger ha firmado su disco más personal. Un álbum hecho desde casa —literalmente— y pensado como quien se asoma al balcón después de una temporada complicada, buscando aire, luz y un poco de belleza en mitad del vaivén.
Younger, nacida en Hempstead (Nueva York) en 1983, lleva años construyendo una carrera a contracorriente: primero como arpista en un mundo donde el arpa no tiene sitio (o eso creían algunos), y después como compositora, improvisadora y docente capaz de tender puentes entre lo clásico, el jazz espiritual, el soul, el R&B y el hip hop sin despeinarse. No es que recoja el testigo de Dorothy Ashby o Alice Coltrane: es que lo ha reescrito desde cero, con la naturalidad de quien ha aprendido a mirar hacia dentro y a hacer música desde ahí.
Este Gadabout Season —título sacado de un correo con la palabra del día, por cierto— recoge todo eso. Lo grabó en su apartamento de Harlem, junto a su bajista de toda la vida, Rashaan Carter, y el batería Allan Mednard, con quienes forma un trío sólido como un taburete bien hecho. A eso se suman invitados como Shabaka Hutchings, Josh Johnson, Joel Ross, Niia, Makaya McCraven y Courtney Bryan, cada uno aportando su grano de arena a una música que parece hecha sin presión, pero con mucha intención.
El arranque del disco (Reckoning) ya da pistas: arpa punteada con sutileza, efectos electrónicos que flotan sin molestar, y una especie de bienvenida cálida que no necesita palabras. En End Means, Shabaka dialoga en flauta con el arpa de Younger en un juego casi hipnótico. El tema que da título al disco combina vibráfono, clarinete y percusiones con aire staccato, y suena a collage elegante hecho con recortes de viajes. Breaking Point, en cambio, se pone densa: entra en terrenos más cercanos al hip hop, con loops, capas y un ritmo que parece querer romper algo —pero sin llegar a hacerlo del todo.
También hay momentos más recogidos, como Reflection Eternal o Surrender, esta última con el piano de Courtney Bryan, que aporta un tono casi litúrgico. BBL es más tensa, más física. Y en Unswept Corners, la voz etérea de Niia funciona como otro instrumento más, lejos de querer imponerse, disolviendo su sello en la mezcla. El cierre, con Josh Johnson al saxo y efectos, se mueve entre lo vaporoso y el mantra soul, como si el disco no quisiera concluir abruptamente.
Una cosa más: Brandee Younger grabó el disco usando el arpa original de Alice Coltrane, que ha sido restaurada y ahora está a su cuidado. No es un detalle menor. Hay en este gesto una reverencia íntima, no hacia el mito, sino hacia una forma de tocar que mira al cielo sin dejar de pisar la tierra.
La fuerza del disco radica en ese equilibrio raro entre la introspección y el gozo. Música que no necesita proclamas ni adornos para desplegar una alegría tranquila, un sosiego profundo, como si todo lo que hubiera que decir ya estuviera dicho… pero de forma nueva. Como si, por fin, el movimiento no fuera mera huida sino una forma de estar en el mundo.


