Bobby Jameson / Color Him In (1967, Verve)

A diez años de su muerte, Bobby Jameson sigue siendo uno de esos nombres cuya biografía parece dictada por algún guionista en paro con demasiada imaginación y acceso a sustancias psicodélicas. Nacido en Illinois, prometido como “la estrella del siglo” por un mánager con ínfulas de predicador, apadrinado brevemente por Frank Zappa, reciclado en Londres por Andrew Loog Oldham, maltratado por discográficas fantasmas y confundido con Brian Jones en una portada apócrifa, Jameson dejó tras de sí una estela de desastres, discos perdidos y la sensación —más punzante que nostálgica— de haber llegado tarde a su propio presente.

Pero ahí está Color Him In, publicado en 1967 bajo el nombre de Jameson a secas. Un disco que no resplandeció en su momento, pero que hoy sobrevive como pieza de culto entre coleccionistas, arqueólogos pop y gente que, con razón, todavía se pregunta por qué nadie hizo una película sobre él.

Producido por Curt Boettcher, figura esencial del sunshine pop y uno de los grandes alquimistas vocales de la época, el álbum se presenta como una rareza de cámara, una especie de diario de LSD escrito con lápices de colores y orquestado con metales un poco pasados de rosca. La portada, concebida como un cuaderno para colorear, anticipa el tono del contenido: brillante, idealista, pero lleno de espacios en blanco.

Las canciones, escritas por el propio Jameson, oscilan entre lo íntimo y lo lisérgico. Abre con Jamie, balada de piano que Boettcher lleva hacia el vodevil soleado, como si Brian Wilson hubiese fichado por MGM. Siguen piezas como Windows and Doors, un delirio de pop barroco con palmas sobregrabadas (truco de estudio para ocultar errores, según confesó el propio autor), o The New Age, donde la paranoia se cuela entre los arreglos como un gato que nadie invitó. En See Dawn, el tema de la dualidad se convierte en un motivo central: “lo que sube debe bajar”, que no es solo ley física, sino resumen involuntario de la carrera de Jameson.

La producción, pese al talento de Boettcher, tuvo sus achaques. Jameson se quejaba de los metales desafinados, los coros imprecisos, los límites de tiempo y una mezcla final “pastosa” y con demasiados graves. Y razón no le faltaba: escuchar Color Him In es como sintonizar una emisora de ensueño mal ecualizada. Pero ahí radica parte de su atractivo: nada suena como esto.

A pesar de sus defectos —o gracias a ellos—, el disco ha sido revalorizado como una joya del outsider pop, una suerte de Forever Changes menor, sin épica pero con mucha herida. Años más tarde, Ariel Pink lo reivindicó en su disco Dedicated to Bobby Jameson (2017), demostrando que incluso el culto tiene herederos.

Jameson, que sobrevivió a la música, a sí mismo y a una industria que nunca supo qué hacer con él, murió en 2015, sin haber recibido ni un dólar por sus discos. Pero nos dejó este álbum que, como ciertos libros para colorear, revela su sentido solo cuando uno decide rellenarlo con sus propios tonos. Un disco por terminar, un autor por redescubrir, una trayectoria que todavía cabe en los márgenes de la historia oficial.