Black Rabbit: Manhattan sórdido a ritmo de Dinah

Así como las venturas nunca vienen por pares, las desgracias nunca vienen solas. La frase de Dickens podría servir de epígrafe para Black Rabbit (Netflix, 2025), miniserie protagonizada por Jude Law y Jason Bateman donde la música no es un simple adorno, sino el esqueleto oculto que sostiene la trama. Entre ollas que hierven, inversiones turbias y lealtades traicionadas, lo que late en el fondo es la herida abierta de dos hermanos que antes de fundar un restaurante de moda fueron guitarras y voces en una banda de rock. Y como suele pasar, los fantasmas del pasado no aceptan propina.

Los Friedken, Jake y Vince, pasaron de tocar en garitos de Brooklyn con su grupo, The Black Rabbits, a reinvertir las ganancias del grunge en un local de alta cocina que heredó el mismo nombre. El gesto no es casual: el restaurante existe como mausoleo de una etapa donde la hermandad todavía parecía posible. El problema es que Vince, con su historial de adicciones y deudas, regresa al local como un acorde mal tocado, recordando que lo que una vez fue música ahora es puro ruido. Para subrayar esa raíz, Albert Hammond Jr. no se conforma con un cameo: compone dos canciones ficticias del grupo, Outside People y Turned to Black, grabadas con la voz de Law. Son himnos de garage espectral que dotan de verosimilitud a los recuerdos de los personajes, un detalle que convierte la ficción en algo incómodamente plausible.

La música en Black Rabbit funciona como metrónomo narrativo. La partitura original de Danny Bensi y Saunder Jurriaans dialoga con un catálogo que abraza la era indie sleaze: Interpol, Cold War Kids y The Strokes. En el episodio 6 regresa We’ve Been Had de The Walkmen, que ya había abierto la serie, cerrando un bucle temporal donde pasado y presente chocan con la precisión de un cuchillo de chef. El director llegó a comparar la energía de la serie con Sister de Sonic Youth, y no le falta razón: hay algo en el montaje frenético que recuerda a guitarras desafinadas y feedback eterno. Esa sensación de que nada está en su sitio se potencia con irrupciones de Run the Jewels, la belga Shay o el folk oscuro de Jesse Woods, todos ellos aportando capas a un Nueva York que aquí se presenta más próximo a la sordidez de Diamantes en bruto que a cualquier postal de influencer frente al puente de Brooklyn.

Uno de los momentos más perversos ocurre en el episodio 3, cuando Raye interpreta What a Diff’rence a Day Makes de Dinah Washington en un acto benéfico. Mientras los asistentes se conmueven con copas de champán, la letra anticipa la fragilidad de todo lo que han construido los Friedken. Washington reaparece en el desenlace, ya en su propia voz, con un Manhattan glorioso que clausura la serie con ironía monumental: mientras la diva celebra la ciudad en clave de eternidad, lo que vemos en pantalla es ruina moral, traiciones fraternas y cadáveres en la cuenta de resultados.

Muchos han descrito la serie como un cruce entre The Bear y Diamantes en bruto. El paralelo sirve, pero se queda corto. Black Rabbit no se limita a trasladar el frenesí de la cocina y las deudas de juego a la pantalla: ofrece un retrato de Nueva York como espacio degradado donde la música funciona como memoria y condena. Las canciones no solo acompañan, también dictan el ritmo de las desgracias. Que el cierre corra a cargo de Dinah Washingtonno es capricho: es la constatación de que, aunque cambien los días, los pecados permanecen. Y que en un mundo donde los hermanos tocan a destiempo, la única armonía posible es la de un disco girando en un tocadiscos que nadie se atreve a apagar.