Black Duck: Instinto y electricidad

Lo que se dice hacer un trío. Foto: Evan Jenkins

El término supergrupo suele traer consigo ciertos peligros: egos descomunales, reuniones incómodas y un aire de reencuentro escolar donde nadie está del todo seguro de por qué aceptó la invitación. Black Duck, en cambio, es otra historia. Douglas McCombs (Tortoise, Eleventh Dream Day), Bill MacKay (con discos en solitario publicados por Drag City, colaborador habitual de Ryley Walker) y Charles Rumback (improvisador nato con un doctorado honoris causa en dejarse llevar) llevan años tocando juntos sin más pretensión que el placer de hacerlo. Lo natural era grabar algo, y cuando el instinto dicta las reglas, las cosas tienden a salir bien.

Su álbum debut homónimo, lanzado en 2023 por Thrill Jockey, refleja esa filosofía de exploración libre. Ocho piezas que combinan composición premeditada con improvisación pura, donde el trío navega entre el blues abstracto, el jazz nocturno y la electricidad difusa del krautrock. Hay momentos que evocan el amanecer en una carretera desierta y otros que parecen grabados en una habitación donde el tiempo se diluye. Desde la melancolía expansiva de “Of the Lit Backyards” hasta la furia contenida de “Thunder Fade That Earth Smells”, el disco se mueve con la lógica de un sueño: cada transición es inesperada, pero nunca forzada.

Su música tiene algo de cine en cámara lenta, de paisaje que se va revelando con cada acorde. “Of the Lit Backyards”, de McCombs, atrapa un atardecer pandémico con la sensibilidad de alguien que lleva décadas moldeando atmósferas. “Foothill Daze” deambula entre el shoegaze y el folk, como si Kevin Shields hubiera terminado en un festival de bluegrass por accidente, mientras que “Delivery” es un blues desarmado y polvoriento, con el pulso de un Hendrix errante en mitad del desierto. “Thunder Fade That Earth Smells”, por su parte, abre un portal entre el free jazz, el krautrock y los relámpagos eléctricos de una tormenta lejana.

Cada miembro del trío carga con un historial apabullante. Douglas McCombs ha sido arquitecto del sonido de Chicago desde los años 90, bajista de Tortoise y pieza clave en el desarrollo del post-rock. Su trabajo en Eleventh Dream Day muestra su faceta más cruda, mientras que su proyecto solo-bajo Brokeback explora paisajes sonoros más expansivos. Bill MacKay, por su parte, es un guitarrista inclasificable que se mueve con la misma naturalidad en el folk experimental, la improvisación y el jazz, colaborando con artistas como Ryley Walker y Nathan Bowles. Su disco 'Esker' (2017) es un perfecto punto de entrada a su universo de afinaciones abiertas y melodías líquidas.

Charles Rumback completa el trío desde la batería, aportando un enfoque que combina el lirismo del jazz con la intensidad del rock experimental. Ha trabajado con figuras de la escena de vanguardia como Jim Baker y John Tate, además de desarrollar una discografía en solitario donde el ritmo funciona más como una corriente subterránea que como un simple marcador de tiempo. Su forma de tocar no se limita a marcar compases: construye atmósferas, juega con las texturas y convierte la percusión en una conversación en sí misma.

Las influencias están ahí—el blues, el post-rock, el jazz, el kraut—pero ninguna explica del todo el magnetismo del trío. Quizá la clave esté en la confianza absoluta que les une, en esa forma de tocar donde nadie intenta brillar por encima del otro. Solo siguen las miguitas de pan del sonido y descubren a dónde les lleva. El disco homónimo es un gran punto de partida, pero la verdadera experiencia ocurre en directo. El 28 de enero estarán en el Centro Excursionista de Valencia junto a Elena Sétien, y si algo está claro, es que lo que pase ahí no volverá a repetirse. Algo parecido a un incendio controlado: impredecible, hipnótico y lo suficientemente intenso como para quedarse grabado en la memoria.