Bill Pritchard: “Mis discos son como largas postales que envío de vez en cuando”

El músico británico revisita su trayectoria y presenta Haunted, un regreso al pop directo donde memoria, elegancia y pequeñas historias vuelven a encontrar su lugar.

Hay una escena en Las Tempestálidas, de Georgi Gospodinov, que funciona casi como una clave de lectura para la música de Bill Pritchard. Un hombre deambula por Viena, recoge unos periódicos que el viento ha levantado del suelo y acaba riéndose con un vagabundo en una mañana absurda y luminosa. No ocurre gran cosa, pero todo parece quedar en suspenso: la memoria, el tiempo, incluso la identidad. El propio Gospodinov habla de un “vagabundo en el tiempo”, alguien que transita entre momentos como quien cambia de calle sin un destino claro. No cuesta imaginar a Pritchard caminando por esa misma escena, tomando nota mental de los detalles y convirtiéndolos, más tarde, en una canción de tres minutos. Desde sus años en Burdeos —entre emisoras de radio libre, discos de Taxi Girl y lecturas adolescentes de Dylan Thomas o Jean Genet— su música ha tenido algo de eso: una forma de desplazarse sin aspavientos por lugares y recuerdos, construyendo pequeñas historias que no necesitan resolverse del todo. Quizá por eso, mientras en Inglaterra su nombre ha circulado con cierta discreción, en el continente se le ha llegado a describir como el J.D. Salinger del pop, un narrador de escenas mínimas con vocación de permanencia. Su trayectoria, con sus idas y venidas —de Jolie a Midland Lullabies, pasando por colaboraciones con Daniel Darc o producciones firmadas por Étienne Daho—, se parece bastante a ese tránsito entre habitaciones que él mismo menciona en esta entrevista. No está de más recordar que en Three Months, Three Weeks and Two Days (1989), producido por Étienne Daho, llegó incluso a contar con Françoise Hardy haciendo coros en Tommy & Co, un pequeño detalle que dice bastante de su posición en aquel ecosistema. “Mis álbumes son, supongo, como diarios”, explica. Hay algo en esa imagen —ligera, casi cazada al vuelo— que ayuda a entender por qué sus canciones funcionan mejor con el paso del tiempo que en el instante de su publicación. Con Haunted (Tapete Records, 2026), Pritchard vuelve a un territorio que conoce bien: el del pop directo, bien ensamblado, donde guitarras, cajas de ritmos y metales conviven con armonía y cada cual tomándose su tiempo. Un disco que, como ese paseo vienés de Gospodinov, parece hecho a partir de escenas pequeñas que acaban adquiriendo una gravedad inesperada. En la conversación que sigue, habla de memoria, de intuición en el estudio, de su relación con la chanson y de esa costumbre suya de ver las palabras en colores. También, sin decirlo de forma explícita, deja entrever que sigue habitando ese lugar incierto entre pasado y presente, como un turista perpetuo o —por tomar prestada la imagen— como un vagabundo en el tiempo con un oído privilegiado para las melodías.

Tu música siempre ha encontrado una acogida más cálida en la Europa continental que en el Reino Unido. ¿Sientes que tu sensibilidad —lírica, ligeramente melancólica y algo literaria— ha sido siempre más “europea” que típicamente británica?

Siempre he sido un gran admirador de la chanson francesa, que está llena de giros líricos y melancolía. Mi interés por escribir canciones nace en gran parte de los libros que leía de adolescente. Tuve la suerte de tener un padre con mucha curiosidad que me descubrió autores como Dylan Thomas, Jean Genet o Joe Orton. También compraba discos de Michel Polnareff cuando era adolescente, muy baratos, en la región de Midlands a principios de los 80, cuando aún estaba en el colegio. Todo eso alimentó mis primeras influencias a la hora de escribir, algo que probablemente no era muy habitual para un chico de esa edad en aquel momento. Siempre me ha fascinado intentar crear pequeñas historias dentro de los límites de una canción pop de tres minutos.

Tu etapa en Burdeos parece haber sido muy formativa. Mirando atrás, ¿cuánto del compositor en el que te convertiste nació durante aquellos años en Francia?

Es una muy buena pregunta y una gran observación. Fui a la Universidad de Burdeos como parte de mis estudios y tuve la oportunidad de sumergirme en el boom de las radios libres. Recuerdo hacer un programa con un entusiasta de la música indie francesa llamado Pascal, con quien todavía mantengo la amistad. Allí descubrí discos franceses, entre ellos Paris de Taxi Girl, que me pareció líricamente extraordinario. Luego supe que estaba escrito por Daniel Darc. Pensé: “¡qué talento!”.

Parce Que, junto a Daniel Darc, sigue siendo un disco de culto para muchos oyentes. ¿Qué recuerdas con más claridad de aquella colaboración?

Me impresionó mucho lo irónico y autocrítico que era Daniel, además de su ingenio. También era un verdadero poeta. Mis recuerdos más vívidos y entrañables son los momentos sentados juntos con una guitarra, trabajando en las versiones en francés de las canciones (las letras eran, por supuesto, de Daniel). Otro recuerdo especial es estar en el estudio, solo con la guitarra y Daniel, grabando Rien de toi en PIAS, en Bruselas.

Me impresionó mucho la reedición de Parce Que por parte de PIAS France. La atención al detalle y la calidad del trabajo fueron extraordinarias. Mención especial para Jean-Luc Marre, que supervisó cada elemento, desde el tracklist hasta el diseño. Lo mismo podría decirse de la reedición de Three Months, Three Weeks and 2 Days, donde también fue clave la implicación de Étienne Daho, que junto a Jean-Luc aportó tiempo y conocimiento para convertir el doble álbum en una pieza realmente hermosa. Guardo ambas ediciones con mucho cariño.

A lo largo de tu carrera, muchas de tus canciones convierten pequeñas escenas cotidianas en historias. ¿De dónde suelen surgir esos fragmentos: de la observación, de la memoria o de la imaginación?

Todos vivimos esas escenas cotidianas. Yo suelo utilizarlas como punto de partida para construir canciones, a menudo semi-ficticias. A partir de esas observaciones intento crear realidades alternativas.

Haunted da la impresión de recuperar un lenguaje pop más directo después de algunos discos más introspectivos. ¿Fue una decisión consciente que el álbum tuviera esa claridad?

Quería que Haunted fuese, sin duda, un disco de pop muy bien construido. Siento que Gunther Buskies, que produjo el álbum y tocó muchos de los instrumentos, tomó mis canciones y trabajó en ellas conmigo de forma incansable para conseguirlo. Gran parte del mérito del resultado final es tanto suyo como de nuestra colaboración. También la sección rítmica —Zwanie a la batería y Asterix en la percusión— fue fundamental.

El sonido del disco mezcla elementos vintage —cajas de ritmos, guitarras resonantes, metales— con una producción moderna. ¿Cómo se fue construyendo ese equilibrio durante la grabación?

De nuevo, muchas ideas vinieron de Gunther. Yo le enviaba las demos y él sugería instrumentos y enfoques, interpretando tanto los elementos líricos como musicales. Me impresionó mucho su intuición. Llevo ya diez años en Tapete y Gunther es el responsable del sello, así que conoce bien mi música. Fue una experiencia muy grata y me sentí muy motivado durante todo el proceso.

La canción que abre el disco, Perpetual Tourist, sugiere una vida vivida entre lugares. ¿Te reconoces en esa idea de ser una especie de viajero perpetuo?

Hay elementos en la letra con los que me identifico, aunque diría que el personaje es una mezcla de varias cosas. Quería contar la historia de alguien semi-ficticio en tres minutos, usando líneas breves y concisas. Curiosamente, mientras la escribía, me imaginaba que la cantaba Iggy Pop.

En Lillie hay unos versos que me gustan especialmente: “Paint me, I’ll add your art upon my wall / You’ll be my safe zone when the bombs should fall.” Tienen algo romántico pero también ligeramente apocalíptico. ¿Ves la música —o el arte en general— como una forma de refugio cuando el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso?

No veo el arte o la música solo como una terapia, aunque desde luego también lo son. Para mí, son sobre todo una forma de comunicación. Mis discos son como largas postales que envío de vez en cuando. La comunicación lo es todo.

Muchas de tus canciones tienen una melancolía suave, pero rara vez caen en la desesperanza. ¿Es un equilibrio emocional en el que piensas mientras escribes?

Creo que es una observación muy acertada, gracias. Mirando atrás, diría que soy una persona bastante optimista. Veo las palabras —especialmente los adjetivos y adverbios— en colores, y lo mismo me ocurre con la música. Me gusta mezclar tonalidades. Y me doy cuenta de que rara vez termino una canción en colores oscuros, por decirlo de alguna manera.

Después de casi cuatro décadas publicando discos, ¿qué es lo que mantiene viva tu curiosidad por escribir canciones?

Crear una canción —o cualquier cosa— sigue siendo algo emocionante. Cuando empiezas, nunca sabes del todo qué va a ocurrir después.

Por último, cuando miras tu discografía, ¿la ves como una historia continua o más bien como una serie de habitaciones distintas por las que has ido pasando con los años?

Me gusta mucho la imagen de las habitaciones. Me recuerda a un tema de uno de mis libros favoritos, Time Shelter (en castellano Las Tempestálidas), de Georgi Gospodinov, donde cada estancia representa un momento en el tiempo. Mis discos son, supongo, como diarios, no tanto en un sentido autobiográfico literal, sino porque cada uno me transporta a lugares, sensaciones o incluso calles y ciudades concretas del momento en que fueron escritos.