Confieso una debilidad persistente por los discos de Bill Pritchard. Los suyos en solitario, claro —de Half a Million a Midland Lullabies—, pero también aquella alianza improbable y luminosa con Daniel Darc en Parce Que (1988), una obra que sigue funcionando como un pequeño milagro franco-británico: pop sentimental, nocturno, medio cínico y medio romántico, como si alguien hubiese decidido cruzar el Canal de la Mancha con una caja de vinilos de Taxi Girl, Scott Walker y Serge Gainsbourg.
No es casual que la carrera de Pritchard haya tenido mejor fortuna crítica y emocional en el continente que en su propia Inglaterra. Desde sus años universitarios en Burdeos, donde empezó a tocar con músicos locales y a frecuentar emisoras de radio francesas, su pop adquirió una inclinación decididamente europea: literaria, elegante, con ese leve poso melancólico que en París o Bruselas se interpreta como una virtud y en Staffordshire quizá como un exceso de educación sentimental.
A finales de los ochenta ya aparecía como un narrador de canciones con mirada oblicua —algo emparentado con el primer Lloyd Cole, aunque con menos cinismo y más curiosidad por la vida cotidiana—. Luego llegarían el refinamiento pop de Jolie (1991), producido por Ian Broudie, los experimentos electrónicos de By Paris, By Taxi, By Accident (2005), el regreso a un sonido más orgánico en A Trip to the Coast y Mother Town Hall, o el giro de crooner otoñal en Midland Lullabies. Pritchard nunca ha sido un artista de trayectorias rectilíneas. Más bien alguien que va probando habitaciones dentro de la misma casa: pop de guitarras, chanson anglófila, piano nocturno, pequeñas excursiones electrónicas. El resultado es una discografía irregular solo en apariencia, atravesada por una constante: su capacidad para convertir escenas diminutas —un trayecto en autobús, una conversación en un bar, una tarde cualquiera junto a un canal— en relatos discretamente memorables.
Haunted, publicado por Tapete Records, recupera algo que no se escuchaba con tanta claridad desde los noventa: el gusto por el pop directo. Grabado entre Hamburgo y Newcastle-under-Lyme, el disco juega con una instrumentación variada pero nunca aparatosa. Cajas de ritmos con aire setentero, guitarras de brillo cristalino, órganos con un punto psicodélico y metales que aparecen cuando la canción lo pide, sin aspavientos. Todo está colocado con una naturalidad que recuerda a esos arreglos clásicos donde cada instrumento parece haber llegado a su sitio caminando.
La apertura con Perpetual Tourist funciona casi como una tarjeta de presentación. Tres versos bastan para presentar a ese personaje que parece vivir en tránsito permanente: estaciones, hoteles baratos, ciudades que se superponen como diapositivas. Hay algo de Jacques Dutronc en la actitud, aires de Iggy Pop en el desparpajo y un órgano que podría haber salido de un ensayo de Felt.
Smile se mueve en otra dirección. Guitarras densas, groove de herencia Tamla y un estribillo que podría convivir tranquilamente con el pop británico de los ochenta sin parecer una reliquia. Pritchard nunca ha sido un cantante expansivo: su voz trabaja con una economía de gestos casi británica, como si cada frase se pronunciara después de pensarlo un momento.
El centro emocional del disco aparece con Curious Feeling, una balada que mezcla piano y electrónica ligera mientras describe una escena que parece sacada de una película francesa de los sesenta: una calle mojada, un taxi que se aleja, alguien que se queda mirando. La canción posee esa clase de melancolía que no necesita dramatizar nada; simplemente acepta que algunas imágenes se quedan con nosotros más tiempo del previsto.
En Lillie, Pritchard adopta un tono narrativo cercano al Bob Dylan de las historias urbanas. La protagonista —una cantante de cabaret medio real, medio imaginada— atraviesa décadas entre arreglos de metales que le dan a la canción un aire ligeramente teatral. Podría ser un personaje inventado o alguien que el propio Pritchard conoció en algún club perdido de Bruselas. En sus canciones siempre existe esa duda, y conviene no resolverla demasiado rápido.
Más adelante, Intrigue and Wonder introduce un guiño melódico que remite inevitablemente a The Beatles, con una guitarra dulce y una estructura casi juguetona. Es uno de esos momentos donde el disco levanta el ánimo sin perder la compostura. La euforia aquí siempre aparece moderada, como si alguien hubiese decidido celebrar algo importante pero sin molestar a los vecinos.
El cierre con Oxygen reduce la instrumentación al mínimo. Piano, una línea melódica limpia y la voz de Pritchard cantando con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada. No es una despedida a la francesa; más bien una pequeña reflexión sobre el aire que seguimos respirando después de todo.
Después de casi cuatro décadas de carrera, Bill Pritchard continúa practicando un arte extraño: escribir canciones que parecen modestas pero acaban instalándose en la memoria. Su pop no busca el golpe de efecto ni la solemnidad del gran gesto. Prefiere los detalles: una frase bien colocada, un acorde inesperado, un personaje que aparece durante tres minutos y luego desaparece.
Haunted confirma algo que sus seguidores conocen desde hace tiempo. Pritchard sigue siendo uno de esos compositores capaces de encontrar material narrativo en los lugares más corrientes. Y lo hace con una voz que ya ha visto pasar varias modas, varios entusiasmos y algún que otro espejismo de la industria.
El resultado es una brillante colección de canciones de euforia pop contenida, cantadas por alguien que parece observar el mundo desde la distancia justa: ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Como un turista perpetuo que, después de tanto viaje, ha aprendido a disfrutar del paisaje… y a elegir bien cuándo ponerse calcetines blancos bajo las sandalias.


