La muerte de Bill Fay en febrero de 2025 ha tenido un efecto curioso —y algo incómodo— en la conversación musical: de pronto, discos que en su día pasaron de puntillas reciben ahora un aplauso cerrado, casi unánime, como si el calendario hubiese decidido corregirse a sí mismo. From the Bottom of an Old Grandfather Clock reaparece así envuelto en una pregunta que sobrevuela toda su escucha: ¿estamos ante un caso de justicia poética o simplemente frente a una injusticia cronológica que llega tarde, muy tarde? Fay, que nunca pareció llevar prisa, quizá habría sonreído con esa media mueca suya, entre el agradecimiento y la perplejidad.
Durante años, Bill Fay fue presentado como el “Salinger musical” británico: un autor que publicó dos discos a comienzos de los setenta —Bill Fay (1970) y Time of the Last Persecution (1971)— y después desapareció del mapa, no por voluntad romántica, sino por una combinación letal de desinterés industrial y mala sincronización histórica. Decca cerró la puerta, el mercado miró hacia otro lado y Fay se ganó la vida lejos de los focos, mientras sus canciones seguían creciendo en silencio, como esas plantas que nadie riega pero que insisten en brotar. Décadas después, una generación de músicos —de Jeff Tweedy a Nick Cave, pasando por Jim O’Rourke— lo señaló como referencia secreta, y el relato empezó a reescribirse.
En ese proceso de recuperación, From the Bottom of an Old Grandfather Clock ocupa un lugar central. No es un álbum “nuevo” ni pretende serlo: es una recopilación de maquetas, descartes y tomas preliminares grabadas entre 1966 y 1970, editadas originalmente en 2004 y ahora revisitadas con otra luz. Funciona como un cuaderno de trabajo abierto, un mapa genético donde se intuyen ya las obsesiones que marcarían toda su obra. Aquí no hay grandes declaraciones ni finales subrayados; hay canciones tanteando su forma, probándose distintas camisas antes de salir a la calle.
El disco muestra a un Fay aún permeable al pop británico de su tiempo, con la sombra alargada de The Beatles proyectándose sin complejos sobre piezas como Warwick Town o Maxine’s Parlour. No se trata de imitación, sino de conversación: melodías claras, estructuras amables y un gusto por el detalle que mira más a la canción que al gesto. En Maudy La Lune, descartada en su día por parecerle demasiado ligera, hay una gracia melódica casi insolente, como si alguien hubiera escondido una pepita de oro en un cajón por pudor.
Pero el verdadero corazón del disco late en las versiones tempranas de canciones que después adquirirían rango de clásico. Garden Song aparece aquí desnuda, sin el armazón de producción posterior, y su mensaje —la necesidad de volver a lo elemental, de relacionarse con el mundo vivo sin intermediarios— suena todavía más directo. También Be Not So Fearfulse deja escuchar como un borrador ya plenamente funcional, demostrando que, en el caso de Fay, la intuición solía llegar antes que el acabado final.
La escucha de From the Bottom of an Old Grandfather Clock obliga a aceptar cierta irregularidad sonora: cintas antiguas, tomas incompletas, momentos que se apagan antes de tiempo. Lejos de ser un problema, ese carácter fragmentario refuerza la sensación de estar ante algo íntimo, casi doméstico, como si uno hubiese encontrado una caja de casetes en el desván de un familiar reservado. Hay bocetos prometedores —Strangers in the Fields, The Sun Is Bored— que no alcanzan la contundencia de las piezas mayores, pero ayudan a entender el trayecto, las dudas y los desvíos.
Escuchado hoy, este disco no solo completa el retrato de Bill Fay; también cuestiona la manera en que la historia decide qué merece atención y qué queda relegado al margen. Fay no buscó nunca el centro del escenario ni el reconocimiento tardío. Quizá por eso su música resiste tan bien el paso del tiempo: porque no estaba pensada para ganar, sino para durar. From the Bottom of an Old Grandfather Clock no es una nota al pie ni un simple apéndice para coleccionistas; es la prueba de que, a veces, las canciones más persistentes son las que aprendieron a esperar.


