Benjamin Biolay / Le Disque Bleu (2025)

“Chansonnier, parolier / Mais je suis pas Benjamin Biolay…”. El verso, cantado por Chilly Gonzales  en French Kiss con ese encanto de profesor de piano que perdió un avión y ganó un chiste, funciona como arranque involuntario para este nuevo capítulo de Benjamin Biolay: nadie quiere ser Biolay, pero todos acaban midiéndole el acento. Gonzales admite que el francés intimida —el tiempo pasado simple como un laberinto—, y Biolay parece responderle con un disco que también habla en su propio pasado compuesto, lleno de viajes, ciudades donde quedarse un rato y otras donde uno apenas deja huella. Le Disque Bleu —24 canciones, dos volúmenes, un libreto tan voluminoso que recuerda a cuando la gente leía— es la prueba palpable de que el “músico total” sigue combinando oficio, ambición y ese humor privado que nadie descubre hasta la tercera escucha.

Desde hace dos décadas, los cronistas lo presentan como el heredero más legítimo de Serge Gainsbourg. No tanto por el guiño ocasional —aunque aquí declara sin rodeos su intención de “embarcar Melody Nelson al Brasil”—, sino por el modo en que ha replicado la “fórmula total”: autor, compositor, intérprete, arreglista, productor y cómplice entusiasta de voces femeninas que encuentran en sus canciones una dramaturgia distinta. El paralelo es inevitable: Gainsbourg trabajó con mujeres que transformó en iconos; Biolay ha sostenido la discografía de Isabelle Boulay, Élodie Frégé, Vanessa Paradis, Jane Birkin, Françoise Hardy y la propia Coralie Clément. A ello se suma su querencia por las letras directas, sin metáforas perezosas, herederas de Charlélie Couture o Bernard Lavilliers, donde el cuerpo —y su política— se narra sin evasivas. Todo esto vuelve a asomar en Le Disque Bleu, un álbum que funciona como inventario de sus vidas paralelas: el romántico afrancesado, el porteño de adopción, el compositor que viaja con una orquesta de cuerdas dentro de la cabeza.

Dividido en Résidents y Visiteurs (¿homenaje a Calle 13?), el álbum opera como un díptico geográfico y emocional. El primer volumen abraza la permanencia: canciones que suenan a habitaciones que aún huelen a lluvia, bares donde el camarero ya no pregunta qué tomar, plazas que guardan un silencio de domingo. El segundo se mueve entre aeropuertos y avenidas: el Biolay viajero, el que mira las ciudades como si fueran versiones alternativas de una novela que dejó a medias. Grabado entre París, Bruselas, Sète, Buenos Aires y Río de Janeiro, cada canción arrastra un matiz del lugar donde fue compuesta. Hay orquestación parisina, precisión belga, saudade bonaerense y una luz rítmica brasileña que nunca se impone, pero pone un vértice cálido en el mapa.

El color azul —propuesto por el estudio M/M París— atraviesa la obra como una clave privada: el azul del cielo que uno mira desde un balcón alquilado, el azul de los murales latinoamericanos que tratan de alegrar un barrio cansado, el azul que también homenajea, con un punto de travesura infantil, al Blue Album de los Beatles. Aquí es un azul melancólico, pero no derrotado: un tono claro donde conviven cuerdas, respiración pausada, guitarras con acento brasileño y una modernidad pop que se asoma sin reclamar protagonismo. Canciones como “Le penseur”, “Soleil profond”, “Morpheus Tequila”, “Résidents, visiteurs” o la luminosa “15 octobre” (con Nathy Cabrera) van tejiendo un hilo donde la distancia —geográfica, sentimental— nunca se convierte en tragedia, sino en materia narrativa. Hay también una relectura de “Les passantes” que confirma su habilidad para moverse entre épocas sin despeinarse, y un dueto con Jeanne Cherhal, “Où as-tu mis l’été ?”, que funciona como postal otoñal enviada desde un verano que ya no existe.

La ambición temática —territorio, política, paternidad, exceso nocturno, amor y memoria— está sostenida por una escritura limpia y directa. Biolay evita el gesto solemne: prefiere las imágenes que se pegan a la piel, como si cada estrofa fuera un travelling hecho con cámara ligera. Su voz, siempre a punto de caer en un susurro que nunca llega, mantiene la ironía justa y el peso suficiente para que estas 24 piezas no se diluyan en el aire. Lo admirable del proyecto no es tanto su tamaño como su conciencia: Le Disque Bleu es un álbum largo, sí, pero nunca gratuito. El “exceso controlado” del que habla la crítica funciona como signo de madurez: un artista que ya no compite con nadie más que consigo mismo y que organiza sus canciones como quien ordena una biblioteca personal.

Es improbable que un disco doble en 2025 amplíe radicalmente la base de oyentes de Biolay. Su apuesta —física, conceptual, narrativa— no busca la inmediatez; pide un tipo de atención que hoy se confunde con arqueología. Pero quienes ya lo acompañan desde hace años reconocerán aquí un proyecto honesto, expansivo, escrito desde un lugar que sólo se alcanza cuando uno deja de correr. Le Disque Bleu exige, pero acaba dando más de lo que promete. Al final, es uno de esos trabajos que no pretende convertir a nadie, pero que confirma a sus fieles que siguieron el camino correcto. Y esos, créeme, saldrán de este azul con una media sonrisa de satisfacción.