Hay que agradecerle a Antonio Morales y a Ibon Errazkin la osadía de embarcarse en un proyecto como Nubes y claros. Y hay que agradecerles, sobre todo, que lo hicieran sin mirar en el espejo de nadie, pero con la vista puesta en unos cuantos maestros. Lo de Morales y Errazkin es, en cierto modo, un diálogo entre creadores afines: ambos han sabido construir obras que se sitúan en los márgenes del relato convencional, explorando la poesía de los gestos mínimos y la arquitectura del silencio. Si Morales ya había demostrado con Marisa en los bosques que le interesaba más la contemplación que la anécdota, Errazkin, a su manera, lleva décadas entregado a una misión similar en el terreno musical: de Le Mans a sus discos en solitario, su música siempre ha estado más cerca de la suspensión que de la catarsis.
Nubes y claros no pretende ser una postal de Tánger, ni una postal de nada en particular. Aquí no hay exotismos ni cromatismos folklóricos: más que un retrato del norte de África, la película es una exploración del flâneur contemporáneo. Para los despistados, el término flâneur lo acuñó Baudelaire para definir a ese paseante sin rumbo que convierte el vagabundeo en arte. En este caso, el deambular de Errazkin –¿interpretándose a sí mismo?– se convierte en un acto de meditación en movimiento. Pero la paradoja es evidente: el caminante apenas avanza, y la cámara, con una paciencia casi bressoniana, insiste en el plano fijo, atrapándolo en una quietud que se vuelve hipnótica.
Es imposible no pensar en la serie del caminante de Tsai Ming-liang, en esos monjes budistas que cruzan las ciudades a paso de tortuga mientras el mundo a su alrededor sigue su curso con una velocidad absurda. También resuenan aquí los ecos de Víctor Erice, con su manera de convertir la imagen en una suerte de lienzo vivo, o de María Zambrano, con su capacidad para hacer de lo cotidiano un terreno sagrado, anterior a todo tiempo. Pero la película de Morales y la música de Errazkin tienen algo que las diferencia: un sentido del humor tan discreto que podría pasar desapercibido, que se enfatiza con el uso de la cuarta pared a través de unos transeúntes que miran a cámara sorprendidos por el caminar en slow motion de Ibon. Porque hay algo profundamente lúdico en este juego de inmovilidad y desplazamiento, en esta apuesta por la suspensión del tiempo.
La música, cómo no, es otro de los pilares de la película. Si Nubes y claros tiene algo de experiencia meditativa, es en parte gracias a la composición de Errazkin, que dialoga con las imágenes sin someterlas a un subrayado emocional. Sus influencias se extienden desde la tradición minimalista hasta el folk pastoral, con momentos en los que parece que el propio tiempo se dilata. En cierto modo, la música se mueve más que el propio protagonista.
Esta voluntad de dejar flotar la música sin atarla a una estructura rígida es algo que Errazkin ya había explorado en Foto Aérea, un disco que, según sus propias palabras, nacía de la idea de pintar un mismo paisaje en diferentes momentos del día. En Nubes y claros - que parte de la experiencia creativa del último disco de Ibon, Claros del Bosque - esa misma técnica se traslada al cine: las imágenes de Morales se repiten y varían mínimamente, como si buscaran captar la misma escena en diferentes instantes de luz o de sonido. Jugando acaso con la distancia focal y el uso del encuadre para trazar el tono que subyace en las diferentes localizaciones (un mercado, las calles bulliciosas, los bares, la playa, bajo los faros de la noche…) que aparecen en la cinta. No es casualidad que ambos creadores compartan una visión en la que la repetición y la deriva son más importantes que la acción.
Y así, entre lo estático y el trance, Nubes y claros se instala en un territorio en el que el lugar es lo de menos. Podría haber sido filmada en cualquier parte, aunque haya sido rodada en Tánger. Lo que importa es la experiencia, la cadencia, ese peculiar equilibrio entre la inmovilidad y la deriva. No hay viaje, pero hay tránsito. Y, al final, lo que queda es la impresión de haber asistido a un acontecimiento minúsculo y, a la vez, inmenso.


