Anti: “La inteligencia artificial da miedo, pero también es fascinante”

A mediados de los 90, Tito Pintado ya estaba dando forma a una anomalía: primero con Penelope Trip, después con Telefilme, y más tarde con Anti, su proyecto en solitario que siempre pareció más pendiente de la idea que del contexto. En 2009 publicó antiaventura, un disco de electrónica doméstica, dub desarmado y frases como telegramas que iban por libre. Y luego… silencio. Un silencio largo, pero no improductivo: ha traducido libros sobre George Michael, R.E.M. o Bob Stanley, ha seguido absorbiendo música (aunque a su manera), y ha dejado que el mundo se pusiera todavía más raro antes de volver. En América, su nuevo EP, aparece en un momento en que EE. UU. roza la parodia de sí mismo y las máquinas escriben canciones con cara de póster indie. Pintado responde con temas que suenan como si fueran el eco de algo que no termina de desaparecer del todo, con referencias escondidas, ritmos desajustados y letras que, si no las pillas, mejor. Aquí no hay corrección algorítmica ni mensaje prefabricado: hay intuición, humor seco y un método que no parece método. Charlamos con él sobre singularidad, azar, discos futuros, Laurie Anderson, Gang of Four, el futuro del trabajo cultural y la posibilidad real de bailar entre ruinas.

Después de más de 15 años sin publicar como Anti, vuelves con material nuevo. ¿Qué ha cambiado más en este tiempo: Tito Pintado o la industria musical?

Qué pregunta… En 16 años da tiempo de sobra a que todo cambie. La industria musical, desde luego, ha cambiado completamente. Yo, completamente, no creo. Las primeras reacciones a las canciones nuevas han sido del tipo “parece que no han pasado los 16 años, tu voz suena igual”. Pero me gusta pensar que sí se notan los años, que hay evolución. Creo que estas canciones no las habría hecho hace 16 años, aunque sigo siendo yo.

¿Te resulta ajena la industria musical ahora?

Sí, un poco. El EP lo he sacado por mi cuenta, sin sello. Me lo ha gestionado Luis de Elefant, que es muy amigo. Le comenté que quería publicar algo, y se encargó de todo. Fue rápido: al mes exacto de grabar, ya estaba fuera. Todo fue muy fluido gracias a él.

Nada que ver con aquella época, entonces.

No, aunque en 2009 ya era distinto. Aquel disco también salió en un sello pequeño y tuvo una promoción limitada. Tampoco entonces me sentía dentro de la industria, y ni siquiera con Penelope Trip me sentí integrado en ella. Cada uno va por su camino. Y no tengo mucho contacto con esa generación.

Tu faceta como traductor te ha llevado a trabajar bastante con libros musicales —Careless Whispers sobre George Michael, Este Grupo Se Llama R.E.M.…—. ¿Es una forma de seguir conectado a lo que más te apasiona?

Llevo más de 20 años como traductor. Durante mucho tiempo me dediqué a videojuegos, manuales, lo que saliera. Luego surgió la posibilidad de traducir libros musicales, pero no lo hice para estar conectado a la música, porque ya lo estoy: la escucho cada día. Eso sí, como he leído mucha prensa musical, es un terreno que conozco bien. Llevo un par de años centrado en eso y estoy contento. Hay libros traducidos por mí que aún no han salido, pero llegarán.

¿Puedes adelantar alguno?

Sí, claro. He traducido dos libros de Bob Stanley, que es muy buen autor. No sé cuándo saldrán, eso depende de la editorial. Ahora acaba de salir uno que no es suyo (Ndr: es de Jonathan Abrams): The Come Up , una historia oral del hip-hop y que traduje hace más de un año

Así que el sector editorial va más lento que el musical.

Sí, pero parece bastante próspero. Se publican muchos libros musicales y yo encantado. El tema de la traducción es complicado, eso sí. Con las inteligencias artificiales avanzando tanto, cada vez lo hacen mejor. Al principio era escéptico, pero me impresiona lo bien que traducen. No sé si dentro de cinco años los traductores seremos tan necesarios.

¿Te consideras un rastreador de tendencias o alguien fiel a ciertas bases musicales?

Para nada. Ni me entero ni quiero enterarme de las tendencias. Escucho música nueva y leo webs, pero no me influye a la hora de hacer música. Incluso en el disco de 2009 ya me sentía fuera de onda. Las tendencias están bien, pero no pueden dictar lo que haces… salvo que quieras ganar dinero con ello, y no es mi objetivo principal. Me gustaría, claro, pero a mi manera.

Uno de los adjetivos más repetidos al hablar de Anti es “singular”. ¿Crees que esa singularidad está sobrevalorada o es la única manera de sobrevivir entre tanto clon?

No lo sé. A lo mejor ser singular es incluso contraproducente. Pero a mí, personalmente, me gustan las cosas únicas. No quiero escuchar lo mismo una y otra vez. Intento que mi música sea distinta, aunque todo es bastante instintivo. No pienso “voy a hacer algo singular”, simplemente hago y sale lo que sale.

Vamos al grano: ‘En América’ suena a retrato distorsionado de un país en ruinas. ¿Esperabas a que EE. UU. se volviera una distopía low cost para sacarla?

Me da rabia que eso sea lo primero que llame la atención, aunque es comprensible. Pero si lo piensas, ‘En América’ es casi instrumental. Son seis palabras, nada más. Normalmente intento escapar de la realidad cuando hago música, pero en este caso la situación era tan fuerte que se filtró. Fue una decisión de última hora. Probé varias letras antes de quedarme con esa idea. Surgió casi por accidente.

La repetición, el tono y la tensión recuerdan al minimalismo activista de Julius Eastman. ¿Tenías alguna referencia vanguardista en mente?

¿Eastman?

El compositor afroamericano, activista, minimalista…

Pues no lo tenía en mente, pero me interesa mucho lo que dices. En realidad, en los últimos meses he escuchado mucha música que yo llamo “ambient”, aunque quizás no sea la etiqueta adecuada. Música sin ritmo, con espacio, muy poco pop. No tengo nombres concretos. Luego me di cuenta de que podía recordar a O Superman de Laurie Anderson, aunque es muy diferente. Pero tiene un aire, y me encanta, porque Laurie me gusta muchísimo.

¿Más que Lou Reed?

Uf… Me gustaban mucho como pareja, eran geniales. Lou Reed me gusta sobre todo con Velvet Underground. En solitario me encantan algunas cosas, pero no le he seguido tanto. Eso sí, me encanta como personaje. Su etapa de los 70, con esos conciertos tan extremos… me parece brutal. Pero musicalmente, creo que me gusta más Laurie. La he visto dos veces en directo y fue alucinante. Muy única.

‘Radio’ parece sacada del catálogo de Disques du Crépuscule. En tus letras sigue habiendo cierto cripticismo. ¿Frases como “los jóvenes gigantes” o “la banda de los cuatro” son guiños a un nuevo orden mundial?

No, es más simple: son nombres de grupos traducidos. “La banda de los cuatro” es Gang of Four, y “Los jóvenes gigantes” son los Young Marble Giants. Toda la letra son nombres de grupos post-punk de principios de los 80 que me gustan. Me hacía gracia hacerlo así: si no pillas las referencias, suena raro, pero intrigante. Y si las pillas, mejor. Me pasa con Laurie Anderson: seguro que muchas referencias se me escapan, pero me gusta igual cómo suenan.

El juego con la interpretación del oyente también tiene su punto...

Claro. Por ejemplo, “de color rojo cereza” hace referencia a Cherry Red, otro sello de la época.

Las máquinas ya escriben, componen y copian emociones. ¿Crees que el factor humano es prescindible a corto o medio plazo, o sigue siendo imprescindible?

No lo sé. Esto avanza tan rápido… El otro día un amigo me enseñó una canción generada por IA con voz tipo flamenquito, y era muy creíble. Da que pensar. Igual hay canciones sonando ahora que no ha hecho nadie. Pero yo tampoco soy músico: no sé tocar ningún instrumento. Así que también me beneficio de las máquinas. Al final, lo que importa es el resultado. Hay un grupo que se llama Las Nenas, que no he escuchado mucho, pero las voces suenan muy reales, como un grupo de pop de hace 20 años. Y detrás, claro, hay alguien apretando el botón.

¿Se trataría de educar para usar bien la herramienta, más que quejarse y dejar que la herramienta nos sobrepase?

Sí, aunque nunca se sabe. De momento, hace falta un humano para corregir y guiar, pero quizá llegue un momento en que no sea así. La inteligencia artificial da miedo, pero también es fascinante. Con la traducción pasa lo mismo. Lo impresionante es lo que ya puede hacer una máquina. Ahora bien, si los traductores acaban corrigiendo traducciones automáticas, eso suele significar cobrar la mitad. Es un reto bonito… hasta que ves la factura.

Si Kraftwerk proyectaba un futuro ordenado, En América parece el reverso roto de esa utopía...

Puede ser, pero yo nunca vi a Kraftwerk como utópicos. Para mí siempre hubo una crítica en lo que hacían. Canciones como The Model no describen un futuro deseable. En mi caso, En América habla más del presente. De hecho, no dice casi nada, son solo seis palabras. Lo que más me preocupaba y con lo que más juego en En América, es con los ritmos. No sé si se nota mucho, pero cada cosa que suena lleva un ritmo completamente independiente al resto. Entra un sinte y ya está haciendo una cosa, el sampler de voz es como el metrónomo que lo une todo, pero por encima cada cosa va a su bola. Las armonías vocales también tienen ritmos distintos. Y lo bonito es cómo se van encontrando, separando y cruzando de formas un poco aleatorias con las que yo no contaba. Empecé a colocar cosas en el programa que uso para grabar, empecé a mover algunas, y de repente me di cuenta de que estaban saliendo sonidos que no esperaba y que me gustaban mucho.

¿El azar forma parte habitual de tu forma de componer?

Sí, siempre. Como no soy músico, todo lo que hago es un poco tropezarme con hallazgos. Si tengo un plan, casi siempre acaba mal y sale otra cosa distinta. A veces no sirve, pero otras me sorprende para bien. Mi carrera en solitario ha sido eso: ir encontrando cosas por el camino.

¿En América es una advertencia o una invitación a bailar mientras todo se cae a pedazos?

Me la imagino como una canción que suena tras la guerra, en un transistor medio roto. De ahí las interferencias. Tiene un punto oscuro, pero quiero pensar que es algo optimista. Te rodean los escombros, pero suena eso y te sientes un poco mejor.

Con el panorama actual, parece que ya vivimos en esa distopía.

Sí, pero tampoco creo que todo sea tan nuevo ni tan peor. Vi un programa hace años, ¿Dónde estabas entonces?, que repasaba cada año… y todos eran horribles. Los 80, por ejemplo, con el golpe de Estado, la colza, ETA, la guerra fría… Todo el mundo pensaba que se iba a acabar el mundo en cualquier momento. Así que sí, ahora estamos mal, pero siempre ha estado mal. Hay que preocuparse, pero también vivir. Como decía aquel eslogan de los 90: Cheer up, it may never happen. Pues eso.

La inevitable: ¿Este EP marca el regreso constante de Anti o es solo un disparo puntual?

Mi idea es seguir. Tengo ya canciones nuevas, quiero sacar un single en vinilo en un sello pequeño. También quiero montar una banda para directo, aunque eso será más adelante. Estoy con más ganas, me salen las cosas con más facilidad, y noto que manejo mejor las herramientas que uso para componer. Aun así, en 2009 también dije que iba a continuar y al final no fue así… Entiendo que la gente dude, pero esta vez voy a esforzarme por demostrar que sí, que va en serio.


Anti (1998) // antiaventura (2009) // En América (2025)

Hay trayectorias que avanzan por acumulación y otras por interrupciones. Tito Pintado, primero con Penélope Trip, luego en Telefilme y más tarde como Anti, siempre ha preferido la vía lateral: la del que aparece, suelta lo suyo y desaparece sin hacer mucho ruido, como quien deja una nota en la nevera. La suya no es una discografía extensa, pero sí coherente en su rareza. Lo bastante esquiva como para no envejecer.

Anti (1998), su debut bajo ese alias, era un disco de otro planeta o, al menos, de otra emisora. Lo editó Elefant y en su brevedad cabía de todo: disco mutante, kraut de electrodoméstico, dub voluntarioso, letras sin brújula aparente. Una especie de experimento casero que relucía humildemente orgulloso por sonar como sonaba. De hecho, uno de sus méritos es que no parecía preocupado por gustar ni por cuadrar con nada. Estaba ahí, como un documento privado publicado por error.

Pasaron diez años y antiaventura (2009, FUP) no pretendió corregir nada. Simplemente tomó el relevo con medios algo más pulidos. El ruido era más limpio, las estructuras más abiertas, y apareció Teresa Iturrioz para aportar voces que no decoran sino que habitan las canciones. El tono era igual de esquivo: relatos que se abrían sin explicar demasiado, atmósferas que flotaban sin saber del todo hacia dónde iban. Pero de nuevo, funcionaba. No como un disco que busca respuestas, sino como uno que plantea otras preguntas.

Y cuando parecía que antiaventura iba a quedar como un cierre elegante, llega En América(2025), autoeditado y publicado casi en silencio. Han pasado 16 años, pero no suena a regreso: suena a continuidad. La canción principal es una pieza de ritmo fragmentado, repetición obsesiva y letra mínima: seis palabras. Todo va a su bola, pero encaja. El resultado recuerda a O Superman de Laurie Anderson, aunque con menos mística y más juego. El resto del EP juega con referencias camufladas (grupos post-punk traducidos al castellano) y estructuras que parecen fruto del azar, pero que acaban diciendo algo muy claro: que aquí no hay plan maestro, solo una intuición muy afinada.

Lo de Anti no es una carrera en el sentido clásico. Es más una colección de apariciones esporádicas que, escuchadas juntas, construyen algo sólido. Sin necesidad de hype, sin sello detrás (ahora tampoco), sin giras de reunión ni documentales. Solo discos raros, sinceros y extrañamente actuales. Lo justo para sospechar que dentro de 15 años, si vuelve a aparecer, seguirá sonando igual de fuera de sitio. Y eso es un cumplido