Con la desclasificación de archivos OVNI convertida otra vez en cortina de humo de la era Donald Trump, casi dan ganas de pensar que el poder lleva décadas usando los platillos volantes como quien agita un manojo de llaves delante de un gatito nervioso. Cada vez que la realidad huele demasiado a gasolina, aparece un expediente con luces en el cielo, pilotos perplejos y sombras pixeladas sobre bases militares. La diferencia es que Anthony Josephlleva tiempo mirando hacia arriba sin caer en la feria del misterio barato. Para él, el espacio exterior no es un parque temático de conspiranoicos ni una coartada para escapar de la historia, sino una zona de trabajo: un territorio simbólico desde el que reordenar la memoria negra, discutir el relato heredado y devolver a la diáspora una soberanía que muchas veces le fue robada antes incluso de poder nombrarse.
En The Ark, décimo álbum de su carrera y segundo capítulo surgido de las mismas sesiones que Rowing Up River To Get Our Names Back (2023), el poeta, novelista y músico trinitense vuelve a hacer del afrofuturismo una máquina de precisión política. No lo utiliza como barniz cósmico ni como guardarropa de túnicas brillantes a lo Sun Ra, aunque la sombra del maestro de Saturno atraviesa el disco de proa a popa. En Joseph, el futuro sirve para enmendar el pasado por la vía más fértil: inventando historias negras alternativas, corrigiendo genealogías amputadas, colocando a los muertos, los exiliados y los visionarios en una embarcación verbal que no navega hacia la fuga, sino hacia la continuidad. El arca del título no es salvación bíblica ni crucero conceptual con bufé libre para críticos de jazz; es archivo vivo, cámara de resonancia, depósito de voces que se niegan a hundirse en la cómoda amnesia occidental.
La imagen ya venía de lejos. Anthony Joseph publicó en 2018 el poema The Ark, dedicado a Stephen Samuel Gordon, más conocido como Spaceape, figura capital de aquel dubstep londinense que parecía emitir desde un sótano húmedo del futuro. Esa dedicatoria funciona aquí como una de las claves del disco. Spaceape llevó el patois jamaicano hacia una zona de amenaza electrónica, ritual urbano y ciencia ficción colonial; Joseph recoge ese hilo y lo trenza con su tradición caribeña, su oído para el jazz expansivo y una escritura que avanza por acumulación, trance y memoria. En sus versos, los nombres no aparecen como estampitas culturales, sino como pasajeros de una nave cargada de vidas anteriores: Sun Ra, Octavia E. Butler, Édouard Glissant, Bessie Smith, Baron Samedi, Ted Joans, George Clinton. Tela marinera.
La música, dirigida y producida por Dave Okumu, entiende perfectamente que una obra así no podía levantarse sobre un acompañamiento decorativo. Okumu, al que algunos todavía reducen demasiado alegremente a su pasado con The Invisible, opera aquí como arquitecto de una materia sonora elástica, llena de huecos, bajos en combustión lenta, vientos que aparecen y desaparecen como señales cifradas y sintetizadores que dejan rastros más que líneas rectas. Su producción junta jazz, dub, funk, electrónica y memoria afrocaribeña sin convertir el disco en una exposición de materiales nobles. Todo respira con una tensión muy calculada: la palabra ocupa el centro, pero nunca queda sola bajo el foco, abandonada a esa solemnidad de recital que a veces convierte la poesía musicada en mobiliario incómodo.
El reparto ayuda a que la nave no pierda propulsión. Tom Skinner, Richard Spaven, Byron Wallen, Colin Webster, Eska Mtungwazi, Nick Ramm, Aviram Barath, Giacomo Smith, James Wade-Sired o Dan See no forman tanto una banda como una pequeña comunidad de médiums rítmicos. En James, el disco abre con una cadencia flexible, entre la invocación y la deriva, dejando que Joseph module su fraseo con esa autoridad de griot urbano que no necesita teatralizar su propio misterio. La pieza no busca una entrada aparatosa; prefiere instalar el clima, colocar los cuerpos, ajustar la temperatura del rito.
Blue Susan lleva ese clima hacia un terreno más sensual y quebrado, con la voz de Josephflotando sobre una base que parece tener memoria muscular. La canción no avanza por estrofas convencionales, sino por torsiones, pequeños desplazamientos internos, frases que se adhieren al pulso como si vinieran de otra lengua y de otro siglo. Ahí está una de las virtudes mayores del disco: su capacidad para sonar antiguo y futurista sin exhibir el truco. El bajo dub carga con la gravedad de lo heredado, mientras los teclados y los metales abren fisuras hacia un horizonte que nunca acaba de fijarse del todo. Okumu no adorna a Joseph; le construye un sistema nervioso.
El corazón conceptual del álbum late con especial fuerza en Transposition of Space (Glissant), pieza que convoca a Édouard Glissant y su pensamiento de la relación, la criollización y las identidades que no caben en una vitrina colonial bien iluminada. Josephentiende el Caribe no como laboratorio de mezcla, violencia, supervivencia y belleza torcida. Su escritura trabaja con capas: lo histórico, lo mítico, lo político y lo corporal aparecen entrelazados, como si cada palabra transportara una doble vida. Esa es también su “tecnología del sigilo”: esconder saberes, prácticas y claves ancestrales bajo formas aparentemente modernas; hacer pasar la memoria por los controles de seguridad disfrazada de nave espacial, de groove quebrado, de poema en tránsito.
The African Origins of UFOs es quizá el gesto más disfrutable del conjunto, no solo por su título formidable —uno de esos que merecen una placa en la entrada de cualquier festival donde todavía sepan reírse de sí mismos—, sino por la manera en que convierte la mitología OVNI en una alegoría del exilio africano. En la imaginación de Joseph, los alienígenas no llegan desde otro planeta para observarnos con ojos de nevera; son africanos desplazados, criaturas arrancadas de su centro, viajeros que atraviesan el espacio buscando hogar, lengua, nombre. La ciencia ficción se transforma así en una herramienta para hablar de esclavitud, racismo y desposesión sin quedarse atrapada en el museo del trauma.
Musicalmente, ese corte es también uno de los momentos donde mejor se aprecia la mano de Okumu: bajo dub, sintetizadores difuminados, una pátina hip hop que no se limita al ritmo sino a la forma de ocupar el espacio, de lanzar la palabra contra el pulso y dejar que rebote con intención. The Ark no es un disco de rap-jazz, tampoco un álbum de spoken word con banda sofisticada, ni un ejercicio de jazz cósmico para coleccionistas que limpian vinilos con bata de laboratorio. Funciona porque evita el catálogo de influencias y se permite una forma propia de combustión. La herencia de Sun Ra está ahí, claro, pero pasada por Londres, Trinidad, el dub, el funk, la literatura especulativa, el linaje caribeño y cierta conciencia hip hop que le da al conjunto un peso terrenal muy agradecido. El cosmos, en manos de Joseph, tiene barro en los zapatos.
La pieza titular, The Ark, condensa la dimensión ceremonial del álbum. Joseph no canta tanto como enumera, invoca, arrastra nombres hacia la cubierta. La voz funciona como llamada comunal, como inventario afectivo, como registro de una cultura que se niega a quedar reducida a pérdida. El arca no viaja vacía: transporta lenguas, ritmos, muertos ilustres, muertos anónimos, bromas privadas, heridas que no han cerrado, músicas que sobrevivieron cambiando de forma. Esa idea de archivo móvil resulta especialmente poderosa porque desplaza el foco de la nostalgia hacia la transmisión. No se trata de conservar el pasado como quien guarda una chaqueta vieja por cariño, sino de mantenerlo en circulación, hacerlo chocar con nuevas frecuencias, devolverle capacidad de intervención.
Your Bird & I abre una zona más aérea, menos densamente declarativa, donde el disco parece aflojar la mandíbula sin perder intensidad. Joseph sabe que un álbum tan cargado de pensamiento necesita también momentos de respiración oblicua, pequeños claros donde la imagen pueda expandirse sin convertirse en pancarta. Esa alternancia entre discurso, ritmo y visión salva a The Ark de la rigidez conceptual. Porque el riesgo estaba ahí: un disco con afrofuturismo, diáspora, archivo, historia negra alternativa, Glissant, Sun Ra, Butler y OVNIs podía acabar convertido en el equivalente musical de una bibliografía con percusión. Se convierte en un hallazgo que es justo lo contrario.
El cierre con Baron Samedi introduce una energía más torcida, carnavalesca y funeraria, muy acorde con esa figura del vudú haitiano que se ríe en la cara de la muerte con sombrero de copa y maneras de anfitrión peligroso. Es uno de los grandes momentos del disco porque lleva su dimensión ritual hacia un terreno más físico, casi teatral, sin caer en la postal exotizante. Joseph no utiliza los símbolos caribeños como atrezzo de ultramar, sino como parte de una gramática viva. Ahí The Ark alcanza una especie de júbilo oscuro: el baile como recordatorio de que la muerte también tiene ritmo, y de que algunas culturas aprendieron a conversar con ella sin ponerse solemnes.
Lo más valioso de The Ark es que su ambición no aplasta las piezas. Anthony Joseph ha construido un disco de pensamiento en movimiento, una obra que utiliza la ficción especulativa no para decorar la realidad, sino para forzarla a devolver lo que debe. En su universo, el afrofuturismo no consiste en imaginar naves relucientes sobre pirámides ni en cambiar cadenas por neón. Consiste en abrir una grieta en la cronología oficial y preguntar qué habría ocurrido si los nombres arrancados, las lenguas castigadas y los cuerpos desplazados hubieran podido narrarse desde otro lugar.
Por eso el cierre conceptual del disco no apunta hacia una fantasía escapista, sino hacia una forma de reparación. Corregir el pasado no significa borrarlo ni maquillarlo con luces violetas de ciencia ficción. Significa disputar su relato, reescribir sus silencios, devolver agencia a quienes fueron convertidos en mercancía, estadística o nota al margen. Joseph trabaja ahí como poeta, músico y narrador de una memoria que no acepta quedarse quieta. The Arknavega con los muertos a bordo, pero no como peso funerario, sino como tripulación. Y en tiempos donde hasta los expedientes OVNI pueden servir para distraer de una chapuza política, conviene agradecer que alguien mire al cielo no para huir de la Tierra, sino para obligarnos a leerla de nuevo.


