“Libertad, mi libertad / Palabras que resuenan en mi boca / espesa de rabia…” El poema de Fadwa Tuqan podría haberse escrito esta mañana. También podría funcionar como prólogo no oficial del nuevo álbum de Anouar Brahem, After the Last Sky, recién publicado por ECM. Nada en este disco remite directamente al poema, pero todo en él lo atraviesa: la tensión entre la memoria y el presente, la voluntad de dejar constancia sin explicar nada, la necesidad de hacer algo con el dolor que no se disuelve.
Brahem no trabaja con mensajes, trabaja con el clima. Y aquí el clima es denso, contenido, cargado de acontecimientos que no se nombran. El conflicto en Gaza sobrevuela todo el repertorio, pero no como argumento sino como temperatura. El título del álbum remite al libro de Edward Said sobre la identidad palestina, y no es una cita casual: uno de los temas centrales, Edward Said’s Reverie, está firmado como un homenaje explícito al pensador. También Remembering Hind, que abre el disco, se presenta como una dedicatoria a una víctima de la guerra. Pero estos datos no hacen falta para entender que estamos ante una obra que responde, desde el lenguaje musical, a una realidad insoportable.
La formación, sin ser nueva, adquiere aquí otra configuración. Repiten Django Bates al piano y Dave Holland al contrabajo, habituales ya en el universo de Brahem. Se suma Anja Lechner al violonchelo, y su presencia transforma el espacio. La cuerda frotada desplaza los centros de gravedad hacia una sonoridad más centroeuropea, menos abierta, más tectónica. Lechner no viene a acompañar, viene a incrustarse en el núcleo de las composiciones. Su diálogo con Bates en Edward Said’s Reverie es uno de los momentos más incisivos del disco: no hay florituras, sólo líneas largas que sostienen la tensión sin decorarla.
En otras piezas, como Never Forget, los tres instrumentos de cuerda –oud, contrabajo, violonchelo– trabajan en paralelo, como si ejecutaran una partitura común que ninguno quiere alterar. El piano de Bates se pliega a ese movimiento, sin marcar direcciones. Todo sucede con la precisión de un cuarteto que no necesita jerarquías para avanzar.
No hay una narrativa clara. Las piezas funcionan como escenas, fragmentos, pequeñas estructuras que remiten a algo exterior sin ilustrarlo. En The Eternal Olive Tree, por ejemplo, Holland y Brahem construyen un espacio mínimo, sin solemnidad, casi doméstico. Es una de las pocas piezas donde asoma cierta apertura, aunque no dure mucho. En Dancing Under the Meteorites, el grupo completo ensaya una progresión más distendida, pero sin salir nunca del marco general del disco, que sigue siendo compacto, incluso cuando aparece lo lúdico.
Uno de los momentos más extensos, The Sweet Oranges of Jaffa, funciona como núcleo interno. Aquí las improvisaciones se alargan, los músicos estiran las frases con calma, sin tensión ni apuro. No hay intención de llegar a ningún sitio concreto, y eso juega a favor del álbum: más que una obra cerrada, After the Last Sky es un espacio. No se ordena por clímax, se sostiene por acumulación.
Cierra con Vague, una composición previa de Brahem reinterpretada por Bates y Lechner. Suena como una retirada. No hay resolución, ni esperanza como efecto dramático. Tampoco hay nihilismo. Solo continuidad.
Grabado en los estudios de ECM en Lugano, con la producción habitual de Manfred Eicher, el disco mantiene esa estética sonora tan reconocible: limpia, espaciosa, sin rastros de artificio. Pero lo importante no está en la forma. After the Last Sky no busca representar nada: existe, y basta. Brahem no está proponiendo una tesis. Lo que hace es ofrecer un espacio para permanecer, aunque sea un instante, frente a lo que parece no tener solución.


