Andrew Hill no fue un pianista gregario. Tampoco un nombre de moda, ni siquiera dentro del círculo minoritario de los grandes excéntricos del jazz moderno. Lo suyo era otra cosa: componer como quien construye un lenguaje nuevo y tocar como quien lo aprende mientras lo habla. No hay en su discografía un álbum “de estándares”, ni una jam que sirva de vía de entrada. Sus composiciones –siempre propias, a veces enrevesadas, nunca complacientes– tampoco han entrado en el repertorio habitual, como sí ocurrió con las de Monk, a quien Hill sin duda admiraba. Pero en esa extrañeza, en esa opacidad deliberada, reside su singularidad. Y Andrew!!! es una de sus obras más personales, más cerradas y, paradójicamente, más reveladoras.
Grabado en junio de 1964 pero publicado cuatro años más tarde, Andrew!!! fue víctima de un desfase que lo dejó fuera del tiempo: cuando por fin apareció, en 1968, el jazz estaba en otra parte. La disonancia ya era militancia, los vientos hablaban en lenguas, y Miles ya se había quitado los zapatos. Hill, en cambio, proponía una tensión contenida, de geometría inestable. Ni rompía ni obedecía: se replegaba. Era, como el propio título sugiere con ironía, un grito interior.
La formación del disco resulta tan excepcional como enigmática. El saxofonista John Gilmore, apenas visto fuera de la órbita de Sun Ra, aporta un sonido grave, férreo, más terrenal que cósmico, como si el viaje intergaláctico se hubiera quedado en la aduana. Bobby Hutcherson al vibráfono prolonga las ideas del piano de Hill con otra lógica rítmica, sin doblar, sin reforzar: discutiendo. Richard Davis, contrabajista habitual de Hill, ofrece un colchón mutante y elástico, y Joe Chambers articula la batería con una precisión que parece estar siempre a punto de deshacerse. Y en medio, Andrew Hill, no como solista sino como urdidor, empujando la música hacia fuera, lejos de cualquier centro reconocible.
Las piezas del disco –títulos como Black Monday, Duplicity o Symmetry– no presentan melodías cantables ni giros reconocibles. Funcionan como mapas emocionales fragmentarios. Cada instrumento traza su ruta, pero no en paralelo: chocan, giran, se interrumpen. No hay solos para lucirse, ni temas que busquen ser memorables. Lo que hay es otra cosa: atmósferas, estructuras móviles, tensión soterrada. Como si la música avanzara no por lógica, sino por intuición geométrica. El resultado no es amable, pero sí profundamente envolvente si se le presta el tiempo y la atención que exige.

La reciente reedición en vinilo de Andrew!!! dentro de la serie Tone Poet de Blue Note ha devuelto el disco al lugar que nunca tuvo. Con sonido remasterizado desde las cintas originales y una presentación a la altura de su rareza, permite escucharlo no como un documento de época, sino como una obra extraña y actual, que todavía habla con su propio código. En un presente saturado de narrativa y urgencia, su contención, su uso del espacio y su desvío constante suenan casi como una forma de resistencia.
Hill, que nunca buscó alianzas fáciles ni el amparo de las etiquetas, fue durante décadas un secreto a voces. Tocó con Dinah Washington, con Johnny Hartman, incluso con Charlie Parker, pero nunca se quedó en el molde de acompañante ni aceptó la ruta directa hacia el éxito. Su música no reclamaba atención: la atraía por rarefacción. Por eso, discos como Andrew!!! no se explican en la lógica del canon. Son artefactos autónomos, construidos desde una intuición formal casi clásica y una expresividad emocional contenida. Música difícil, sí, pero no inaccesible. Jazz que puede ser analizado intelectualmente pero que funciona mejor si se escucha desde la intuición.
Andrew!!! no forma parte del panteón habitual del jazz porque nunca quiso entrar en él. Pero su música, como las obras que no buscan aplauso sino sentido, ha seguido creciendo con el tiempo. No es un disco para todos los públicos. Pero quizá sí para cualquiera que quiera escuchar cómo suena un músico cuando prefiere no seguir la corriente. Ni siquiera la suya.


