Andrea Buenavista no tiene prisa por encajar. Su música se mueve entre géneros sin pedir permiso, construyendo un universo propio donde conviven boleros, rumbas y un pop-rock que esquiva lo obvio. Penas de amor (publicado por Sonido Muchacho a finales de 2024), su primer álbum, no es un ejercicio de nostalgia ni un intento de aferrarse a las tendencias. Es un disco que respira honestidad, donde la emoción manda sobre la estética y donde el desamor se canta sin dramatismos grandilocuentes, pero tampoco con la frialdad del que intenta ir de listo. Escribe canciones y también da clases de lengua en Madrid, por lo que podríamos imaginar en su música un peso literario evidente, referencias que reclaman atención y un lenguaje más trabajado que sentido. Pero Penas de amor no va por ahí. Hay lirismo, sí, pero también espontaneidad. Sus letras tienen la fuerza de las confesiones dichas en voz alta, esa mezcla de vulnerabilidad y desparpajo que hace que algunas frases caigan como un golpe y otras como un guiño cómplice. Desde sus primeros proyectos en bandas de pop subterráneo (Los Lagos De Hinault, Bar España) hasta este debut en solitario (cocido a fuego lento desde hace unos años), Andrea ha trazado su camino sin demasiadas concesiones. Penas de amor no busca empoderar ni vender moralejas. Habla del amor sin rodeos, con la crudeza de quien prefiere contar las cosas como son antes que edulcorarlas. Es un disco de sentimientos sin filtro, de melodías que se quedan, de historias que podrían ser las tuyas. Comunicamos con ella a través de videollamada, sorteando dificultades con el medio y el mensaje, para hablar - al fin - de manera distendida de este primer álbum, de la tristeza y la ironía, de etiquetas que no terminan de encajar y de la música como refugio en tiempos de Tinder y escucha fugaz.
Como compositora y profesora de lengua, podríamos imaginar un disco cargado de referencias literarias o juegos de palabras. Sin embargo, Penas de amor es visceral, directo y apasionado. ¿Fue una decisión consciente evitar lo intelectual para abrazar la emoción?
Claro. Me salió así. Las letras son muy espontáneas, sobre todo los ganchos de las canciones, pero sí que hay referencias literarias. Lo que pasa es que el tono es bastante conversacional. Pero, yo qué sé, por ahí hay cosas de León Felipe, alguna de Gloria Fuertes… Aunque claro, Gloria Fuertes escribe como se habla. Entonces, sí hay referencias, pero están disimuladas o integradas en mi manera natural de expresarme.
Tus letras tienen la fuerza de las confesiones, pero nunca suenan impostadas. ¿Cómo manejas ese equilibrio entre la crudeza y la poética cotidiana? ¿Alguna vez dudas de haber dicho demasiado?
Sí. En todas las canciones pasa. Siempre hay un momento en el que pienso: hostia, pero si esto es lo mismo que conté ayer… Es demasiado literal, demasiado directo. La primera vez que me pasó me dio mucha vergüenza, pero luego me fui soltando y aprendí a distanciarme un poco de lo que escribo. No me doy cuenta en el momento, pero luego, si lo pienso, algunas cosas me parecen bastante brutas. Es una forma de canalizar demonios, como nos pasa a todos. Y bueno, cuando lo dices, te quedas a gusto. A la gente también le impacta y provoca una emoción, que es lo importante.

En una plataforma de streaming (Qobuz) te han etiquetado como World Music. ¿Qué opinas de esta clasificación? ¿Crees que dice algo sobre tu música o más bien confunde?
A mí me encanta. Aunque entiendo que puede confundir, porque quien vea World Music puede esperar algo más kumbaya o hippie. Pero me gusta porque es verdad que, en cuanto al género, todo el rato está cambiando. Lo sostiene una estructura pop-rock, pero es muy variado, con mucha mezcla. Alguna vez me han dicho que hago “música fronteriza”, y eso me gusta mucho.
¿Música fronteriza?
Sí, sí, eso me lo dijeron en un programa de radio el otro día y me encantó el término.
Lo típico es pensar en música fronteriza entre Estados Unidos y México, pero en tu caso es entre géneros: un poco de flamenco, algo de rumba, el rock de siempre…
Sí, yo siempre lo explico con referencias. Cuando me preguntan, que suele ser una putada, lo tengo bastante claro: pues eso, Willy DeVille. Mezclaba a su manera, sin ser purista, lo que entendía de la música latina, con su voz de chichinabo, el soul y el pop-rock, que creo que era lo suyo. A mí me pasa algo parecido. Soy vasca, no tengo ni idea de flamenco, no canto bien, no tengo una gran voz… pero es la música que he escuchado y al final hago un popurrí de todo eso.
Dices que tu disco busca consolar corazones rotos, pero ¿te resulta más fácil componer desde la tristeza o desde la rabia? ¿Qué emociones dominan en este trabajo?
Lo de consolar corazones no lo he dicho yo, eso lo pone en la nota de prensa...Y sí, escribo sobre todo desde la tristeza. Es desde donde más natural me sale. A veces estaba triste por amor y terminaba escribiendo canciones nostálgicas sobre la infancia o cosas más existenciales. Aunque hay bastante mala hostia en las letras, para mí no es el sentimiento central. Cuando escribo desde la rabia, hay cierto distanciamiento, algo de ironía. No lo escribo con mala gaita.
¿Como una máscara para tomar distancia?
Sí, sí. Yo diría que los sentimientos predominantes son la tristeza, el dolor, la resignación o la insatisfacción. Y de vez en cuando, toques de mala leche, pero muchas veces lo hago en broma. Llorón, el primer single, es un poco de meterme con alguien, pero con cachondeo. No es un hijoputa, me has destrozado el corazón. Incluso en la de Hijo de puta hay bastante guasa cuando digo eso, porque justo antes canto: No, no me importa, invítame a tu casa, me da igual que hables con otras…
Las canciones de Penas de amor son casi como boleros y rumbas adaptados a los tiempos de Tinder. ¿Qué inspira esas historias de amor y desamor tan actuales?
Mi padre me obliga a decir que son películas. Así que eso te diré (sonríe). Las vivencias propias, las ajenas, las de las películas… No sé. Más allá de que el amor es una experiencia universal, yo he intentado siempre contar historias concretas. Me emociona más que el típico te quiero abstracto y lleno de lugares comunes.
Tu música parece estar fuera de las modas, algo que el mainstream a veces rechaza. ¿Qué significa para ti ser auténtica en un panorama musical donde prima lo inmediato?
Para empezar, uno puede hacer eso cuando no tiene muchas expectativas sobre su proyección musical. A cualquiera le gustaría gustarle a todo el mundo, pero yo puedo permitírmelo.
A veces me ha acomplejado un poco esto de ser viejuna. No quería hacer un disco vintage, pero sí un disco clásico. Y para eso, más que luchar contra lo actual, he tenido que luchar contra lo vintage, porque mis gustos son antiguos. No quería imitar la música que escucho, sino hacer algo como lo de siempre, pero actualizado. Es un disco actual porque cuenta historias de una chica de hoy, de 30 años, pero no es moderno en el sentido de vanguardista o a la última moda.
Vivimos en tiempos de escucha rápida, donde las canciones son consumidas casi como stories. ¿Lo mejor que podrían decirte hoy es he vuelto a ponerme tu disco?
Sí. El otro día un amigo me dijo: sigo poniéndome tu disco, y me hizo mucha ilusión. Parece una tontería, pero yo los discos que me pongo suelen ser de hace más de 50 años. Que alguien siga escuchando el mío me emociona. También porque cuando estás en un nivel tan bajo, que solo te escuchan tus conocidos, tienes la sensación de que el público te hace más un favor a ti que tú a ellos. Y eso me genera rechazo. No quiero que me “apoyen”, quiero que les guste.
Tienes influencias tan variadas como María Jiménez, Battiato o Mink DeVille, pero no suenas como una réplica de nadie. ¿Cómo consigues integrar esas referencias sin perder tu propia voz?
Para mí ha sido al revés. Yo no sabía de música y me he encontrado tomando decisiones con músicos que tocaban increíble. Tenía que decirles qué rumbo tomar, cómo vestir las canciones, qué arreglos quería… y yo no podía decirles hazme un link de no sé qué porque no sé lo que significa. Entonces, tenía que encontrar un lenguaje común con ellos, buscar referencias. A veces era una putada, porque quería un sonido de batería de una canción pero no el mismo patrón de batería. Al final, me alegra que me digas que suena propio. Para mí no fue difícil encontrar mi voz, sino lograr que los músicos me entendieran.
El título Penas de amor sugiere lágrimas y copas vacías, pero hay humor y ligereza en tus canciones. ¿Las penas son más llevaderas si se cantan con un toque irónico?
Sí, lo típico del humor como mecanismo de defensa. Es un cliché porque es verdad. Y sí, las penas son más llevaderas con alcohol, desde luego. O con una cerveza, en mi caso.
¿Cómo te gustaría que este disco acompañara a quienes lo escuchan?
Me gustaría que la gente se fijase en los arreglos, que nos los curramos mucho. Y que sea un disco que se pueda disfrutar con el tiempo.
Que perdure...
Si eso, que perdure...


