En Şaşkın, Erkin Koray retrata a un personaje desorientado que busca respuestas en todas partes excepto donde debería. Corre detrás de espejismos, cambia de dirección constantemente y termina descubriendo que aquello que perseguía llevaba mucho tiempo esperándole en otro lugar. La nueva psicodelia turca comparte algo de esa paradoja. Durante años, la industria musical internacional recorrió medio planeta buscando sonidos nuevos mientras una de las tradiciones más fértiles del último medio siglo continuaba creciendo silenciosamente entre Estambul, Hamburgo, Ámsterdam, Londres o París.
La historia, además, suele contarse mal. Se habla de “revival”, de “resurgimiento” o de “recuperación” como si la psicodelia anatolia hubiera pasado cuarenta años dormida sobre una alfombra esperando a que algún coleccionista occidental la despertara de un sopapo y una cuenta de Discogs. La realidad resulta bastante más interesante. Aquella música no desapareció. Fue interrumpida, desplazada, archivada, emigró junto a quienes tuvieron que marcharse y siguió viajando en silencio.
Para entender lo que ocurre hoy conviene regresar a finales de los años sesenta. Mientras Londres y San Francisco exploraban los límites de la psicodelia, Turquía desarrollaba una mutación propia. El rock eléctrico comenzó a mezclarse con el folk anatolio, las melodías tradicionales y el sonido hipnótico del saz. El resultado fue una de las aventuras musicales más singulares de la época. Erkin Koray electrificó la tradición con la misma naturalidad con la que otros enchufaban una Fender; Barış Manço llevó el pop turco hacia territorios progresivos y teatrales; Cem Karaca añadió una intensidad política que todavía conserva filo; Selda Bağcan convirtió la canción popular en una herramienta emocional de alcance casi universal; y Moğollar ayudaron a definir las coordenadas del Anadolu Rock cuando todavía nadie sabía muy bien cómo llamar a aquello.
La interrupción llegó con el golpe militar de 1980. La censura, los exilios y las transformaciones culturales alteraron profundamente el paisaje. Muchos caminos quedaron suspendidos a medio recorrido. Sin embargo, los discos siguieron circulando. Pasaron de mano en mano, cruzaron fronteras dentro de maletas familiares, reaparecieron en mercadillos, tiendas especializadas y colecciones privadas. Décadas después, DJs, periodistas, arqueólogos del vinilo y sellos especializados comenzaron a reconstruir aquella historia dispersa. Lo que encontraron no era una antigua baratija exótica sino una música extraordinariamente viva.
En ese puente entre generaciones aparece una figura decisiva: BaBa ZuLa. Fundados en Estambul en los noventa, cuando la nostalgia todavía no cotizaba al alza, comenzaron a mezclar psicodelia, dub, improvisación y tradición turca con una libertad desconcertante. En discos como Istanbul Sokakları, la ciudad deja de ser un decorado para convertirse en instrumento transversal. Ferris, barcos, conversaciones callejeras, vendedores ambulantes, ruido urbano y melodías ancestrales circulan por las canciones con la misma naturalidad. Escuchar a BaBa ZuLa equivale a observar Estambul desde un barco a medianoche mientras alguien decide conectar un eco dub a varios siglos de historia.
El gran salto internacional llegaría poco después gracias a un fenómeno que tiene menos que ver con la geografía que con la diáspora. La nueva psicodelia turca se construye, en gran medida, lejos de Turquía. Ahí aparece Altın Gün, probablemente el grupo que mejor ha conseguido trasladar el sonido anatolio a públicos que jamás habían escuchado una bağlama.
Su historia merece casi una escena de comedia musical. Jasper Verhulst, bajista neerlandés y coleccionista compulsivo de hallazgos sonoros, descubrió la música turca de los sesenta y setenta con la intensidad de quien encuentra una puerta secreta en una casa que creía conocer de memoria. Tras una gira por Estambul volvió a Ámsterdam obsesionado con los discos de Selda Bağcan, Barış Manço, Erkin Koray y Moğollar. Quería formar una banda de rock anatolio. El único detalle que faltaba era la banda. Así que hizo lo que cualquier persona razonable probablemente no habría hecho: colocó anuncios por la ciudad y lanzó mensajes en redes sociales buscando músicos turcos para un proyecto de folk psicodélico anatolio. La idea sonaba tan improbable que precisamente por eso terminó funcionando. Respondieron Merve Daşdemir y Erdinç Ecevit Yıldız, y de aquella búsqueda casi quijotesca nació una de las formaciones más importantes de la escena contemporánea.
En Gece todavía predominaban las guitarras y el pulso psicodélico clásico; trabajos posteriores como Yol o Âlem incorporaron sintetizadores, cajas de ritmos y una inesperada fascinación por el pop electrónico de los ochenta. La maniobra tenía todos los ingredientes para acabar en accidente diplomático. Ocurrió justo lo contrario. Canciones como Süpürgesi Yoncadan, Ordunun Dereleri o Goca Dünya demostraron que la tradición también puede bailar bajo una bola de espejos sin perder la dignidad por el camino.
Si Altın Gün demostraron que las canciones anatolias podían conquistar festivales europeos sin cambiar una sola sílaba, Derya Yıldırım & Grup Şimşek han encontrado una vía distinta. Más íntima, más cálida y quizá también más conmovedora. Nacida en Hamburgo dentro de una familia turca, Derya Yıldırım creció entre referencias culturales superpuestas, como quien hereda varias bibliotecas al mismo tiempo. Esa mezcla atraviesa toda su música. La bağlama conversa con bajos de soul, ecos de funk y arreglos que miran al folk anatolio desde una sensibilidad plenamente contemporánea.
Bal posee una belleza tranquila difícil de explicar sin recurrir a comparaciones exageradas. En Nem Kaldı, una vieja composición de Mahzuni Şerif encuentra una nueva vida entre reverberaciones suaves y texturas contemporáneas. Y en Yarın Yoksa, producido por Leon Michels, el grupo alcanza una madurez extraordinaria, acercando el repertorio anatolio a territorios donde el soul, el folk y cierta melancolía luminosa parecen hablar el mismo idioma. Son canciones que han viajado miles de kilómetros y conservan intacta la dirección de origen.
Nadie ha llevado tan lejos la elasticidad de este lenguaje como Gaye Su Akyol. Allí donde otros buscan fidelidad histórica, ella prefiere la mutación. En sus discos conviven la psicodelia, el surf, el post-punk, el glamour decadente, la ciencia ficción y cierta sensación de estar contemplando Estambul desde una dimensión paralela. Hologram İmparatorluğu e İstikrarlı Hayal Hakikattir avanzan como novelas breves donde las guitarras eléctricas, los sintetizadores y las referencias culturales más improbables encuentran acomodo sin provocar atascos.
Hay algo fascinante en su manera de combinar tradición y futurismo. Como si Erkin Korayhubiera acabado compartiendo estudio con una directora de cine de ciencia ficción fascinada por el punk y los seriales de medianoche. Su música parece proceder simultáneamente del pasado y de una fecha todavía no inventada.
La expansión continúa en direcciones cada vez más inesperadas. Kit Sebastian, proyecto compartido por Merve Erdem y Kit Martin, desarrolla una psicodelia elegante y cinematográfica que bebe tanto del pop europeo de los sesenta como de la tradición turca. Canciones como Mantra Moderne o Pangea avanzan como bandas sonoras de películas que nadie ha rodado todavía. Hay ecos de jazz, chanson, library music y pop barroco circulando por composiciones que parecen moverse en un tiempo propio.
De ese mismo linaje aparece ahora Sosyete ’25, apéndice maravilloso de Kit Sebastian y una de las ramificaciones más estimulantes de esta nueva hornada. La conexión no es ornamental: pasa por Merve Erdem, vocalista y compositora de ambos proyectos, cuya forma de escribir en turco convierte el idioma en un instrumento más, incluso para quienes apenas pueden distinguir una palabra. En Sosyete ’25, esa musicalidad natural y poética se desplaza hacia una fantasía disco-pop turco-británica con pulso de banda nueva, menos interesada en reproducir una estética vintage que en demostrar que el archivo anatolio todavía puede salir a bailar sin disfrazarse de anticuario. La sombra de Kit Sebastian está ahí, claro, como un anzuelo luminoso para quienes ya venían siguiendo ese cruce entre intimidad, imaginación y canción turca. Pero el trío tiene otra temperatura: más viva, más directa, con una elegancia que no teme mancharse un poco las bambas en la pista.
Şatellites, por su parte, exploran una combinación de funk espacial, melodías de Oriente Medio y groove psicodélico que ellos mismos describen como “Turkish Space Funk”. La etiqueta podría sonar a ocurrencia nacida después de una sobremesa particularmente optimista. Luego aparecen piezas como Big Baglama o Deli Deli y la broma deja de parecer una broma. Lo suyo conecta menos con la arqueología musical que con la idea de lanzar el Anadolu Rock hacia una órbita nueva y comprobar qué ocurre durante el viaje.
Más allá del rock, nuevas derivaciones siguen ampliando el horizonte. Lalalar empujan el legado anatolio hacia ritmos industriales, electrónica oscura y pulsión urbana. Sus canciones poseen la tensión de una gran ciudad que no termina de dormirse nunca. Islandmanpropone una deriva más hipnótica, cercana a la cultura de club y a una electrónica orgánica que parece avanzar siguiendo el movimiento de las mareas. Incluso proyectos emergentes como Deli Dünya o músicos como Arda Umurhan sugieren que la historia continúa ramificándose sin necesidad de obedecer ninguna ortodoxia.
Quizá ahí resida buena parte del encanto de esta escena. Anatolia ya no funciona únicamente como un territorio geográfico. Tampoco como una herencia inmóvil. Es una frecuencia compartida que atraviesa ciudades, generaciones y lenguajes musicales distintos. Los músicos de esta corriente viven entre países, cambian de idioma con naturalidad y entienden la tradición como una conversación abierta. Sus discos no utilizan el pasado como refugio, sino como combustible.
Por eso la nueva psicodelia turca resulta tan fascinante. Mientras otras escenas dedican demasiada energía a vigilar las esencias, aquí todo permanece en circulación. El folk conversa con el dub, el soul se cruza con la bağlama, los sintetizadores encuentran acomodo junto a melodías centenarias y las canciones viajan de Estambul a Ámsterdam sin necesidad de mostrar el pasaporte. Medio siglo después de Erkin Koray, aquel viejo saz eléctrico continúa enviando señales. Algunas llegan desde Hamburgo, otras desde Londres, París o los Países Bajos. Todas forman parte de una misma conversación que sigue creciendo mientras atraviesa fronteras, idiomas y generaciones.


