Las manivelas pertenecen a una especie mecánica en retirada. Fueron inventadas para transformar el esfuerzo en movimiento, para arrancar algo que permanecía inmóvil mediante una combinación de insistencia, rozamiento y paciencia. Resulta difícil encontrar una imagen mejor para describir el segundo álbum compartido por Anadol y Marie Klock. Porque Manivelles avanza exactamente así: impulsado por la fricción entre ideas, geografías y sensibilidades que sobre el papel no siempre parecerían destinadas a encontrarse.
La portada ofrece una primera pista. La pintura de Sarah Theresa Lee muestra una escena casi infantil: una niña sostiene un banjo junto a una cama, una mujer duerme bajo las sábanas, un gato negro vigila la habitación y la luna asoma por la ventana. Todo parece tranquilo, pero algo permanece ligeramente en tensión. Es una imagen naíf, sí, aunque también extrañamente inquietante. Podría pertenecer a un cuento popular, a un recuerdo de infancia o a una pesadilla particularmente amable. Las canciones de Manivelles habitan precisamente ese territorio donde la inocencia y la extrañeza comparten techo.
Tras el excelente La grande accumulation, nacido de un encuentro fortuito entre ambas artistas en un festival británico, este nuevo trabajo surge de una amistad ya consolidada y de un proceso creativo repartido entre París y Estambul. Esa diferencia se nota desde los primeros compases. Si el primer disco conservaba algo de descubrimiento espontáneo, Manivelles transmite la confianza de dos creadoras que conocen perfectamente las virtudes y las manías de la otra. Se percibe en la naturalidad con la que las canciones cambian de dirección, en los pequeños desvíos que se permiten los arreglos y en una sensación de conversación permanente que atraviesa todo el álbum.
Musicalmente, pocas alianzas recientes han resultado tan improbables y tan naturales al mismo tiempo. La folktrónica alemana más aventurera convive con sintetizadores que parecen rescatados de una novela de ciencia ficción de los años setenta, pequeñas espirales melódicas emparentadas con Mort Garson, chanson francesa de observación minuciosa y ciertos aromas orientales que aparecen y desaparecen sin anunciarse. Lo extraordinario es que nada de eso pesa. Las referencias atraviesan las canciones con la misma ligereza con la que cambia la luz durante un atardecer de primavera.
Las sesiones parisinas aportaron buena parte de la materia prima. Prophet-5, Jupiter-6, órganos, ecos analógicos, un viejo Hohner Pianet y toda una colección de máquinas utilizadas con una curiosidad contagiosa. En Sans Toi decidieron conservar el ruido mecánico del Pianet en lugar de eliminarlo. Una decisión aparentemente menor que resume buena parte de la filosofía del disco. Aquí las imperfecciones no se corrigen; se integran. Más tarde, en el estudio de Anadol en Estambul, llegaron nuevas capas de sonido: grabaciones de animales rumiantes, drones generados a partir de una centrifugadora de ensaladas y una colección de texturas encontradas que amplían el paisaje sin convertirlo en un gabinete de curiosidades.
Lo admirable es que semejante despliegue nunca desplaza a las canciones. Henri flota sobre una atmósfera que recuerda a una vieja nana europea observada a través de un cristal empañado. Los órganos giran lentamente mientras pequeños ruidos electrónicos cruzan la melodía como pájaros nocturnos. Hay algo antiguo en ella, casi litúrgico, y al mismo tiempo una sensación de extrañeza que permanece mucho después de que termine.
Las letras de Marie Klock aportan la dimensión más humana del álbum. Su escritura observa el mundo con una mezcla muy particular de ironía, lucidez y ternura. En Rentrer à la maisonconvierte el regreso al hogar familiar en una pequeña tragicomedia contemporánea. Padres neuróticos, enfermedades, reproches, recuerdos incómodos y afectos que nunca terminan de expresarse correctamente desfilan por una canción tan divertida como desoladora. Klock posee un talento poco frecuente para encontrar humor en situaciones donde otros solo encontrarían drama ¿Amelie Nothomb en el horizonte literario?.
Ese mismo equilibrio aparece en La supériorité du nombre, donde la burocracia, la inflación y las lógicas absurdas de la economía contemporánea se transforman en material poético. Las listas de tarifas imposibles y regulaciones extravagantes terminan componiendo una especie de inventario surrealista del presente. Como si Georges Perec hubiera acabado redactando documentos aduaneros después de una noche toledana.
Uno de los episodios decisivos en la gestación del disco llegó de manera completamente inesperada. Durante una estancia en Estambul, Marie Klock atravesaba un bloqueo creativo considerable. Entonces ocurrió el terremoto de abril de 2025. Las paredes comenzaron a temblar mientras se hacía la pedicura y, una vez pasado el susto inicial, pasó el día junto a Anadol en un parque tomando té. Lo curioso es que aquel movimiento sísmico terminó desbloqueando algo mucho más profundo. La angustia acumulada empezó a encontrar una salida y las canciones adquirieron una nueva dirección.
La huella de aquella experiencia aparece de forma explícita en Magnitude 6.3, una de las piezas centrales del álbum. La canción transforma la sensación física del temblor en una reflexión sobre la inestabilidad contemporánea. Casas que se mueven, personas que salen corriendo, preguntas sin respuesta y una inquietud que atraviesa tanto el paisaje como la vida interior. Además, contiene una de esas melodías que regresan horas después cuando ya creías haber terminado de escuchar el disco.
El cierre con Symposium resulta igualmente memorable. Klock interpreta una caricatura de comentarista omnisciente que dispara contra políticos, tecnócratas, plataformas digitales, inteligencia artificial, redes sociales y otras formas contemporáneas de arrogancia organizada. La pieza podría haberse quedado en una sátira más o menos ingeniosa, pero encuentra un equilibrio magnífico entre humor, rabia y absurdo. Su interpretación vocal parece liberar de golpe toda la energía acumulada durante el proceso de creación.
Lo que termina distinguiendo a Manivelles de muchos trabajos contemporáneos es precisamente su capacidad para convivir con las contradicciones. Suena antiguo y moderno. Cosmopolita y profundamente ligado a lugares concretos. Delicado y ligeramente excéntrico. Cercano y misterioso. Cada canción parece construida a partir de elementos incompatibles que acaban encontrando una lógica propia.
Entre órganos vaporosos, sintetizadores analógicos, humor negro, pequeñas catástrofes cotidianas y recuerdos que nunca terminan de quedarse quietos, Anadol y Marie Klock han construido uno de los artefactos más extraños y encantadores de este año. Un disco que avanza despacio, como esas viejas máquinas accionadas a mano que parecían destinadas a desaparecer y, sin embargo, continúan funcionando décadas después. Quizá porque algunas cosas siguen necesitando algo de fricción para cobrar vida.


