Ambrose Akinmusire siempre ha esquivado el encasillamiento. Su trompeta va por libre, deslizándose entre el jazz, la música de cámara, la improvisación abierta y volutas de hip hop de vanguardia. Su búsqueda no se centra en el hallazgo de un código sonoro concreto, sino en el de un lenguaje en constante expansión. En Honey From a Winter Stone, su segundo álbum para Nonesuch, la música avanza con la lógica de un sueño, sin apresurarse, a través de capas que se despliegan lentamente. Son solo unas pocas piezas, pero cada una es su propio ecosistema, con estructuras abiertas y duraciones que desafían cualquier intento de contención.
Desde sus días en la Berkeley High School Jazz Ensemble, pasando por el Thelonious Monk Institute, hasta sus colaboraciones con Vijay Iyer, Jason Moran o Esperanza Spalding, Akinmusire ha construido una trayectoria en los márgenes del jazz contemporáneo. Su trabajo esquiva los lugares comunes y las convenciones del género. Cada disco es un ensayo sobre lo que la trompeta puede hacer cuando deja de ser un simple vehículo melódico y se convierte en textura, en atmósfera, en narrador silencioso. En Honey From a Winter Stone, lleva esa exploración al extremo, integrando minimalismo, electrónica ambiental y hip hop abstracto en una música expansiva y, en ciertos momentos, inabarcable.
El título apunta a una contradicción: extraer dulzura de lo frío, lo inerte. Akinmusire juega con esa paradoja en un disco donde la materia sonora se estira y se transforma sin seguir una lógica predecible. Inspirado en el concepto de música orgánica de Julius Eastman, Akinmusire construye el álbum como un proceso acumulativo, donde cada sección suma elementos nuevos sin abandonar los anteriores. Eastman describía su música como algo que “respira”, dejando atrás la rigidez del minimalismo clásico y permitiendo que las piezas crecieran o se disolvieran de forma natural. Este enfoque está presente en las transiciones suaves y la evolución impredecible de las composiciones de Honey From a Winter Stone, donde lo electrónico y lo acústico coexisten sin jerarquías. La acumulación sonora no busca grandilocuencia ni respuestas cerradas, sino una euforia contenida, como el sonido de “los ángeles abriendo el cielo”, en palabras del propio Eastman.
La apertura, Muffled Screams, nace de una experiencia cercana a la muerte. Kokayi improvisa sobre lo vivido con frases entrecortadas y deformadas por efectos electrónicos. No hay melodía, solo una tensión flotante que la trompeta de Akinmusire recoge en gestos breves, casi como un eco del lenguaje humano. La batería de Justin Brown avanza a trompicones, marcando un pulso irregular, como si algo estuviera a punto de quebrarse.
En The Color of Absence, los sintetizadores de Chiquitamagic flotan entre las cuerdas del Mivos Quartet. La trompeta entra y sale del encuadre sin imponerse, como si su papel no fuera el de liderar, sino el de trazar una idea apenas esbozada. Aquí todo es interacción: pequeñas figuras que aparecen y se desvanecen sin necesidad de llegar a una resolución.
El centro del disco es s-/Kinfolks, una pieza de 29 minutos que parece moverse en círculos, siempre al borde de convertirse en algo definido pero sin dar el paso. Akinmusire no acelera ni busca un clímax evidente. La música avanza en ondas, con el conjunto respirando en una sincronía intuitiva. La trompeta se convierte en una línea de fuga, alargándose hasta ser casi un murmullo. Para cuando termina, todo queda suspendido, sin una conclusión clara.
En Honey From a Winter Stone, Akinmusire no construye un discurso cerrado ni ofrece respuestas. Las ideas están ahí, en las tensiones entre lo acústico y lo electrónico, entre la estructura y la disolución. Más que un álbum, parece una serie de preguntas lanzadas al aire. El sonido desaparece, pero algo sigue vibrando en el espacio que deja atrás.


