En la tradición secreta de los orfebres escoceses del pop con alma folk—esa estirpe que abarca de Daniel McGeever a los Starlets, pasando por la campana levemente torcida de The Pearlfishers—existe una clase de cantautor que trabaja con materiales blandos pero intenciones firmes. A ese linaje se suma, con su paso de ciervo prudente, Ally Kerr. En True Nature, su sexto álbum de estudio, Kerr parece decirnos que el mundo no necesita más ruido, sino canciones que, como una manta bien doblada, abrigan sin llamar la atención.
Originario de Glasgow, y frecuentemente citado como “uno de los secretos mejor guardados de Escocia”, Kerr lleva más de dos décadas entregando melodías de puntada fina, sin aspavientos. Desde su debut en el sello español Elefant Records hasta su insólito salto al anime japonés con The Sore Feet Song, su trayectoria ha sido la de un artista que prefiere la delicadeza al trazo grueso—con perdón del mandamiento estilístico—y que ha ido tejiendo un culto modesto pero fiel, sobre todo en Asia.
Tras la deriva instrumental de Soundtracks, este True Nature representa un regreso a sus fundamentos como cantautor, aunque ahora con mayor control de las herramientas. Es un disco autoeditado, autoproducido y grabado en su propio estudio, lo que no se traduce en rusticidad doméstica, sino en un acabado sutil y sofisticado. Los arreglos son aterciopelados, con cuerdas elegantes y pianos que parecen contener la respiración. Hay guitarras acústicas, sintetizadores que se agitan levemente y una voz que flota como si no quisiera molestar a la melodía.
La portada, ilustrada por Sebastián Litmanovich (Cineplexx, Papaya), pone en imágenes esa suavidad inmutable que gobierna el álbum. Pero si algo sostiene el andamiaje son las letras. True Nature está vertebrado por una filosofía de desapego tranquilo. “No queda nada más que amor / Cuando dejas que todo se caiga de ti”, canta Kerr en When You Let It All Fall Away, donde convierte la meditación en pop pastoral sin perder ni un ápice de coherencia. No hay dogma ni autoayuda barata, sino un intento sereno de habitar ese “espacio entre pensamientos” al que alude el propio autor.
Hay canciones que actúan como cartas escritas a uno mismo: Back Again y Lucky Streakbuscan liberar ansiedad con una guitarra tan pulida que parece lavada a mano. Turn And Runintroduce una percusión discreta que da impulso sin arrasar. En King of Evermore asoma algo parecido a un costado más sombrío, casi esquizofónico, como si Jonathan Richman se hubiera perdido en una demo de The Waterboys. Y en Only In This Moment, Kerr incluso coquetea con la cacofonía—una palabra que aquí quiere decir que hay más de un teclado sonando a la vez.
Lo más admirable del disco es cómo Kerr consigue ser inspirador sin sonar a taza de Mr. Wonderful. “La luz está en ti”, dice en The Light In You, pero lo hace con una melodía tan bien equilibrada que uno no piensa en memes, sino en una canción de cuna escrita por Paul Simon para su gato.
Con True Nature, Ally Kerr no solo entrega su trabajo más cohesionado, sino también su más íntimo. En un tiempo donde la autoafirmación suena como grito de guerra, Kerr propone el abandono: la dulce renuncia al ego, al exceso, a la interferencia. Como canta en ese epílogo disuelto que es When You Let It All Fall Away:
“No queda nada más que amor
Cuando dejas que todo se caiga
De ti”.
Y por una vez, uno se lo cree.


