A finales de los noventa, una parte de la electrónica europea parecía convencida de haber encontrado el sonido exacto del siglo que venía: sofás de plástico translúcido, cafeterías con nombres en minúscula, portadas de diseño quirúrgico y ese optimismo algo ingenuo de quien pensaba que el futuro iba a llegar vestido por una agencia de publicidad. Muchos de aquellos discos, tan preocupados por sonar nuevos, han envejecido como un catálogo de domótica impreso antes de tiempo. You, My Baby & I, en cambio, conserva otra clase de electricidad. No parece una postal del mañana, sino una noche bien aprovechada.
Mientras buena parte de la French Touch buscaba el golpe de club, el guiño disco o la filigrana de estudio, Alex Gopher encontró su sitio en una zona más cálida y menos afectada. Su debut no renuncia a la pista, pero tampoco vive pendiente de ella. Tiene bajo, cuerpo, brillo y elasticidad; también una rara sensación de cercanía, como si el funk americano, el jazz nocturno y la electrónica parisina hubieran decidido compartir cocina después de cerrar todos los bares decentes.
La biografía ayuda a entender ese desvío. Gopher venía del pequeño ecosistema de Versalles del que también saldrían Air, había compartido juventud con Nicolas Godin y Jean-Benoît Dunckel, y fundó Solid junto a Etienne de Crécy. Pero donde otros tensaron el house filtrado o pulieron el retrofuturismo hasta dejarlo impecable y un poco frío, él se inclinó por una música con más grasa en los dedos. You, My Baby & I mira a P-Funk, Sly Stone, George Clinton y al soul con una mezcla de respeto y travesura francesa, como quien entra en una tienda de discos de Detroit y sale con media vida reorganizada.
El nacimiento de su hijo dio sentido a aquella idea de “house music for the home”: música bailable sin obligación de sudar el alquiler, electrónica capaz de funcionar con auriculares, de fondo o en mitad de una madrugada que empieza a torcerse. Ahí está uno de los grandes aciertos del disco. Gopher entendió antes que muchos productores que la electrónica no necesitaba endurecerse para resultar sofisticada. Podía ser cálida, flexible, incluso algo sentimental, sin convertirse por ello en música de ascensor para hoteles de diseño.
En You, My Baby & I, Alex Gopher asimila el universo de Parliament-Funkadelic, el soul, el disco y cierta tradición del pop negro norteamericano sin caer en la arqueología ni en el disfraz. Time abre el álbum como una declaración de principios: bajos elásticos, teclados con destello de neón húmedo y las voces de Michael “Clip” Payne y Gary “Mudbone” Cooperaportando una humanidad rugosa que aleja el disco del laboratorio electrónico puro. Lo mismo ocurre en Party People, donde la celebración funk nunca deriva en caricatura de pista temática, o en Tryin’, una de esas canciones levantadas sobre bucles mínimos que consiguen algo dificilísimo: sonar ligeras sin quedarse en poca cosa. Incluso Quiet Storm, situada al cierre, parece resumir la filosofía completa del álbum: groove contenido, elegancia relajada y una sensación constante de avance suave, como si el disco circulase por una autopista vacía de madrugada.
En medio de todo aparece The Child, todavía una de las operaciones de sampling emocional más finas de aquella época. La voz de Billie Holiday atraviesa la canción sin quedar atrapada en el exhibicionismo técnico ni en el homenaje solemne. Gopher la coloca dentro de un entorno futurista con una delicadeza poco habitual en la electrónica del cambio de siglo, más interesada a menudo en impresionar que en conmover. El tema termina funcionando como una conversación imposible entre dos épocas separadas por décadas de tecnología y melancolía. No es casual que acabara formando parte del imaginario sentimental de películas como Amélie: pocas canciones de la French Touch entendieron tan bien la diferencia entre elegancia y simple decoración chic.
El álbum encuentra además pequeños desvíos atmosféricos que amplían su alcance. Ralph & Kathy, junto a Jean-Benoît Dunckel, introduce un juego de vocoders y texturas ingrávidas heredero del universo de Air, mientras la pieza titular desarrolla una especie de funk melancólico de película nocturna, con aroma de persecución elegante, gabardina arrugada y ascensor averiado en hotel caro. With U mantiene el pulso electro-funk sin romper la continuidad sedosa del conjunto, y el disco entero parece diseñado para pasar de una canción a otra sin sobresaltos, como esas conversaciones nocturnas que uno recuerda mejor al día siguiente que mientras suceden.
Parte de esa cohesión nace también de la manera de trabajar de Gopher. Igual que Moby en Play, tocó bajos, guitarras y teclados para después remuestrearlos y devolverlos al interior de las máquinas. Bajo el acabado lustroso del disco siempre queda algo físico. Respiración, madera, dedos rozando cuerdas. Esa combinación entre precisión tecnológica y calidez instrumental explica buena parte de su resistencia al paso del tiempo. Mientras muchos discos de aquella generación quedaron atrapados en el decorado brillante del cambio de milenio, You, My Baby & I todavía conserva movimiento, pulso y una extraña cercanía física.
También ayudó la dimensión visual del proyecto. El trabajo del estudio H5, especialmente en el célebre videoclip tipográfico de The Child, definió una estética que acabaría extendiéndose por buena parte de la electrónica europea de comienzos de siglo. Pero incluso ahí Gopher evitó la grandilocuencia vacua contemporáneo que terminaría invadiendo tantas propuestas de aquellos años. Había sofisticación, claro, aunque también cierta ligereza juguetona, una idea de modernidad todavía compatible con el placer.
Casi treinta años después, You, My Baby & I mantiene su vigencia porque entendió algo sencillo y poco frecuente: las máquinas también podían sonar habitadas. Alex Gopher no eligió facturar un álbum de debut que marcó época, sino una obra flexible, sensual y hospitalaria, una de esas rodajas que siguen iluminando habitaciones mucho después de que la fiesta terminara y alguien olvidara apagar los neones.


