Antes de que el disco encuentre del todo su forma, Aldous Harding ya ha desperdigado unas cuantas migas sobre la mesa: una ilusión que entra sin llamar, una madre hablando del origen como si nacer pudiera parecerse a morder una perla, los cristales de una casa saltando por los aires, los reflejos robándole la cabeza a quien mira demasiado. Y luego, de pronto, ese tren imposible en mitad de una isla, el silbido que quizá ha sonado o quizá pertenece a otra vida. Train On The Island arranca desde ahí, desde una imagen que no busca aclararse, sino permanecer vibrando en el aire como esas frases que uno oye al despertar y apunta deprisa antes de que la mañana las vuelva ridículas. En manos de Harding, el folk no es una postal antigua ni una genealogía con marco de nogal: es una caja de resonancia donde la memoria, la invención y el disparate íntimo se rozan hasta casi tocarse.
El título procede de una pieza tradicional grabada en 1927 por el banjista J.P. Nestor y el violinista Norman Edmonds, incluida después por Harry Smith en la célebre Anthology of American Folk Music, ese baúl de 78 rpm que durante décadas ha alimentado más carreras que muchos conservatorios con calefacción. La elección no parece un capricho de erudita con libreta de campo, sino una pista bastante clara sobre el lugar desde el que Hardingquiere cantar: no exactamente dentro de la tradición, tampoco fuera de ella, sino removiendo el barro con una cuchara de plata torcida. Quien acuda a Train On The Island esperando banjo, violín y una postal de los Apalaches volverá con la cesta medio vacía. La canción que da nombre al disco toma el eco de aquel estribillo antiguo —el tren, la isla, el silbido fantasma— y lo lleva a un terreno mínimo, casi suspendido, sostenido por piano, bajo y una percusión que parece no querer molestar a nadie. Como si Harding hubiera encontrado un fósil y, en lugar de limpiarlo, lo hubiera dejado respirar.
La conexión tiene además un peso biográfico. Hija de la cantante folk neozelandesa Lorina Harding, Aldous conoce ese repertorio no como quien visita un museo con audioguía, sino como quien ha crecido oyendo crujir ciertas maderas. Ya de adolescente participó en canciones de su madre, y algo de esa educación temprana sobrevive aquí, aunque no bajo la forma esperable. Train On The Island, su quinto disco, publicado por 4AD y grabado en Rockfield Studios, en Monmouth, junto a John Parish, confirma una asociación que ha terminado funcionando como una sociedad secreta con buenos micrófonos. Parish entiende que la rareza de Harding no necesita decoración de feria: basta con colocar los instrumentos a la distancia justa para que su voz haga el resto.
Y la voz, aquí, vuelve a comportarse como un animal escurridizo. A veces entra grave, casi de espaldas; otras adopta una fragilidad infantil que no busca ternura fácil; en ocasiones parece interpretar a alguien que interpreta a alguien que acaba de olvidar su frase. Lo suyo no es tanto cantar personajes como dejar que cada canción encuentre una cara distinta en el espejo. I Ate The Most abre el disco con una autoridad extraña, apoyada en una escritura que mezcla trauma, humor seco y esa forma suya de lanzar imágenes como si fueran cartas encontradas en un abrigo ajeno. No todo se entiende, y quizá ahí reside parte de la gracia: Harding no escribe para entregar conclusiones empaquetadas, sino para abrir pequeñas fallas por donde entra aire frío.
En One Stop, una de las piezas más inmediatas del conjunto, aparece incluso John Calecomiendo arroz entre bastidores, imagen tan absurda y precisa que uno casi puede oír al galés preguntando por la salsa de soja con expresión de estatua. La anécdota funciona porque el disco no distingue del todo entre revelación y chiste privado, entre confesión y mueca, entre imagen hermosa y disparate que, por alguna razón, no conviene quitar. Esa ambigüedad recorre todo el álbum: lo cotidiano queda ligeramente desplazado, como una silla colocada en un sitio equivocado; lo surrealista nunca llega a perder el contacto con la madera, la ropa, la comida, la garganta.
Musicalmente, Train On The Island avanza con una contención casi obstinada. Hay folk, sí, pero deshuesado; hay pop, pero sin escaparates; hay un aroma psicodélico que no depende de colorines ni de piruetas de estudio. El arpa de Mali Llywelyn, el pedal steel de Joe Harvey-Whyte, las texturas de Thomas Poli, la batería de Sebastian Rochford y las intervenciones de H. Hawkline van componiendo un espacio de pocas piezas, todas escogidas con una paciencia casi maniática. Venus In The Zinnia, con H. Hawkline, es de las canciones más agradecidas del lote, una flor rara sin necesidad de invernadero. Worms se mueve con una languidez de piano que podría parecer transparente hasta que uno repara en la acidez de ciertas líneas. What Am I Gonna Do? deja que el arreglo se retuerza apenas lo justo, como una cortina enganchada a un clavo. Coats cierra el recorrido con esa mezcla de elegancia desalineada y misterio menor que Harding maneja mejor que casi nadie.
Lo interesante es que todo ese trasfondo —la canción de 1927, Harry Smith, el folk heredado, la memoria como habitación con mala iluminación— no pesa sobre las canciones como una tesis con zapatos nuevos. Train On The Island puede disfrutarse sin conocer a J.P. Nestor, sin haber pasado una tarde entera con la Anthology of American Folk Music ni haber discutido jamás si el banjo antiguo suena mejor cuando parece grabado dentro de una lata noble. El disco tiene concepto, claro, pero no castiga al oyente con él. Sus diez piezas funcionan por tacto, por respiración, por pequeñas sacudidas melódicas que aparecen donde menos se las espera. Es un trabajo de trazos mínimos, pero no de sequedad. Tiene carne, humor, zonas de sombra y esa forma de dejar migas que quizá no llevan a ninguna parte, aunque alimentan lo suyo.
Train On The Island es un disco notable, muy suyo, finísimo en su manera de limar la canción hasta dejarla con aristas invisibles, pero no alcanza, al menos para quien firma, la intensidad extraña de Party ni la gracia más redonda de Designer. Hay momentos en los que su gusto por el enigma roza la autosuficiencia, como si alguna canción estuviera demasiado satisfecha con su propio bagaje. Nada grave: en el mundo de Aldous Harding, incluso los puntos menos luminosos tienen mejor letra pequeña que muchos discos enteros.
Lo que queda, en cualquier caso, es una artista que sigue excavando en la tradición sin ponerse botas de recreación histórica. Harding toma una melodía antigua como quien encuentra una llave oxidada y decide no abrir la puerta prevista, sino otra que nadie había visto. Train On The Island mira hacia el folk de principios del siglo pasado, pero no lo restaura ni lo convierte en residuo sentimental. Lo usa como materia viva, lo dobla, lo enfría, lo deja a solas con una voz que nunca termina de pertenecer del todo a este mundo. Y ahí, en esa distancia exacta entre la canción heredada y la invención privada, el disco encuentra su mejor razón de ser: no desentraña el misterio, aporta un reconfortante rayo de luz.


