Adrián Quesada / Boleros Psicodélicos II (2025, ATO Records)

Adrián Quesada no necesitaba repetir jugada, pero lo hizo sabiendo exactamente desde dónde y para qué. Cuando publicó Boleros Psicodélicos en 2022, más que un ejercicio de estilo fue una especie de ajuste de cuentas sentimental con un género arrinconado en la memoria colectiva, y que él escuchó por primera vez, de forma casi epifánica, en una estación AM de Austin mientras sonaba Los Pasteles Verdes. El resto fue una persecución —vinílica, emocional, musical— que acabó convertida en un disco hecho en batín y zapatillas, con la pandemia de fondo y el delay como brújula. Un álbum de laboratorio casero, lleno de capas suaves y dramatismo reverberado, donde Quesada tocó casi todo y dejó que las voces vinieran de lejos, desde Gaby Moreno hasta Girl Ultra.

Boleros Psicodélicos II es otra cosa. No solo porque se gestó a fuego lento y con menos urgencia, sino porque ya no parte del encierro ni del homenaje, sino de una voluntad clara de estirar los márgenes del género. Grabado entre Austin, Los Ángeles y el desierto de Chihuahua, y con Alex Goose en la coproducción (mano derecha de Childish Gambino y otros ilustres del groove contemporáneo), el disco le da al bolero algo que suele faltarle: porosidad. Quesada no intenta reproducir el sonido de un tiempo —aunque lo conoce de memoria— sino crear un territorio intermedio donde los arreglos clásicos conviven con tratamientos modernos sin que salten las alarmas.

La nómina de colaboradores es amplia pero precisa. Cuco abre con Ojos Secos, y ya desde ahí se nota que el álbum no quiere caminar por donde ya lo hizo el primero. Hay cortes como No Juego (con Angélica García) que rozan el spoken word sobre un colchón de hip-hop sutil, otros como Te Vas y Yo Te Dejo (con Gepe) que podrían haber salido de un recopilatorio de Ángeles Negros supervisado por DJ Shadow, y piezas como Primos, con Hermanos Gutiérrez, que sirven como puente instrumental entre el bolero y el spaghetti western. El cierre instrumental, El Diamante, es quizá el tema más personal: una despedida sin palabras, pero con todos los códigos sonoros que Quesada ha ido trenzando a lo largo de los años.

Para entender cómo ha llegado hasta aquí conviene revisar el mapa. Quesada nació en Laredo, Texas, y aprendió guitarra adolescente entre discos de Public Enemy y cumbias familiares. Se trasladó a Austin para estudiar y acabó fundando Grupo Fantasma, banda de latin-funk que giró con Prince y ganó un Grammy en 2011. De ahí salieron también Brownout, su cara más lúdica, con versiones de Black Sabbath y Public Enemy, y su vertiente más experimental en Ocote Soul Sounds o The Echocentrics. En 2017, tras dejar Grupo Fantasma, puso en marcha Black Pumas junto al cantante Eric Burton: soul cálido, con capas gruesas y sonido de vinilo nuevo. El éxito fue inmediato y global, con nominaciones al Grammy y giras multitudinarias. Lo curioso es que, entre tanto reconocimiento, Quesada ha seguido funcionando como un productor con oído de coleccionista y tacto de músico de barrio.

Entre Boleros Psicodélicos y su secuela lanzó Jaguar Sound, un instrumental de funk cinematográfico inspirado en paseos ciclistas por Austin durante el encierro, y Look at My Soul, homenaje a los sonidos tejano-latinos de los sesenta, con un enfoque casi documental. Quesada parece tener un radar infalible para esos estilos que algunos dan por amortizados pero que él reconfigura sin grandilocuencia. Ni revivalismo ni revisionismo: lo suyo es reconstrucción, con herramientas del presente pero sin apisonar el pasado.

En Boleros Psicodélicos II no hay mensaje ni moraleja. Hay canciones. Algunas melancólicas, otras nocturnas, varias improbables. iLe regresa con Bravo, más áspera que su aportación anterior. Monsieur Periné se atreve con Agonía, y la lleva por veredas inesperadas. Daymé Arocena flota sobre No Temeré, Trish Toledo desgarra en Hoy Que Llueve, y Mireya Ramosaporta uno de los momentos más líricos con Cuatro Vidas. Todas distintas, pero ninguna disonante. En ese equilibrio reside buena parte del encanto del disco.

Quesada no está aquí para salvar géneros ni para blanquear nostalgias. Sabe que el bolero no necesita defensores, sino contextos nuevos. Por eso este álbum no suena a pastiche ni a playlist temática: suena a lo que pasa cuando alguien toma en serio las canciones que crecieron con él y se atreve a intervenirlas sin miedo. Es difícil que un disco de boleros funcione igual en una barbería de L.A., un apartamento de Bogotá y una terraza de Valencia, pero Boleros Psicodélicos II lo consigue.