Adrian Crowley / Measure of Joy

En los márgenes de la música contemporánea, donde las voces distintivas a menudo son un secreto celosamente guardado, Adrian Crowley continúa trazando su propio camino con Measure of Joy, su décimo álbum de estudio. Cuatro años después de The Watchful Eye Of The Stars, el trovador irlandés regresa con una obra que, lejos de buscar la inmediatez o el halago fácil, se instala en la penumbra con una elegancia inmutable. La producción corre a cargo de John Parish, arquitecto sonoro de PJ Harvey y Aldous Harding, quien entiende a la perfección que el mayor activo de Crowley es su voz: un barítono denso que no canta ni recita, sino que desliza las palabras con un aire de profeta insomne.

Measure of Joy es un título irónico para un disco que parece evitar la luz directa. Su tema homónimo abre con una cadencia que podría sugerir un esbozo de alegría: un ritmo de bossa minimalista, una instrumentación parca. Pero la voz de Crowley, con su gravedad insondable, convierte el estribillo “La La” en una letanía casi extenuada. Hay algo inquietante en su forma de jugar con la repetición y en la manera en que las canciones parecen atrapadas en una estructura circular, como si el tiempo avanzara pero sin permitir ninguna escapatoria real.

La sensación de amenaza soterrada se repite en Swimming in the Quarry, donde un ritmo pulsante, casi como un latido cardiaco, acompaña una narrativa en la que el agua, lejos de ser un elemento liberador, sugiere algo más opresivo. La construcción pausada y el crescendo final desembocan en un desenlace discordante, reforzando la idea de que lo que parece un refugio puede ser, en realidad, una trampa. La economía de elementos en la instrumentación—pianos esqueléticos, sutiles arreglos de cuerda, una percusión que parece evaporarse antes de impactar—contribuye a la sensación de estar escuchando una serie de postales de un mundo enrarecido.

El linaje musical de Crowley es inconfundible. La languidez de Leonard Cohen, la espiritualidad taciturna de Mark Lanegan, el uso del falsete como arma secreta, la versatilidad de un registro que puede pasar de lo cavernoso a lo etéreo sin esfuerzo. En Genevieve of the Mountain, una caja de ritmos de aires ochenteros sirve de base para una narración oblicua sobre un personaje parisino tan enigmático que bien podría estar burlando a la Muerte misma. En The Trembling Cup, la poesía se vuelve casi táctil: Crowley canta sobre una bebida iluminada por la luna, cada palabra pronunciada con la precisión de quien sabe que el menor matiz puede cambiar la historia por completo.

Cuando el álbum cierra con Cherry Blossom Soft Confetti, un engañoso optimismo se cuela en la melodía. El ritmo es nuevamente una bossa espectral, pero las imágenes persisten en su cualidad fúnebre: “Las sombras se están estirando y sé que no será mucho tiempo”. El contraste entre lo diáfano y lo ominoso es un sello del disco y de la obra de Crowley en general.

Si hay un reparo que hacerle a Measure of Joy, es que su compromiso con la austeridad sonora puede hacer que las canciones se fundan entre sí, difuminando sus contornos. Pero, más que un defecto, esto parece una decisión consciente: este es un álbum que demanda ser escuchado sin distracciones, un trabajo nocturno y meticuloso, donde cada silencio es tan elocuente como cada nota. Adrian Crowley sigue operando en los márgenes, sí, pero con discos como este, cada vez es más difícil justificar que siga siendo un secreto tan bien guardado.