Hace apenas una semana fuimos a ver a este trovador fuera de órbita en el Loco Club de València durante su gira española y el concierto pasó como pasan las cosas que se disfrutan sin prejuicios: breve, liviano, dejando más recuerdo que huella. Adam Green apareció ejerciendo de frontman locuaz y simpaticón, afinando su freakismo habitual con un gesto de crooner contenido, casi educado. La banda acompañó con soltura: pop barroco cuando tocaba, music-hall con pajarita imaginaria en los tramos más teatrales y, de repente, un violín que asomaba con acento balcánico, más Kusturica que conservatorio. Todo duró poco y se evaporó sin dramatismo. Exactamente como Chop Off Heads With Me.
Ese carácter fugaz define bien el disco. Once canciones en veintiséis minutos, ni una más, ni falta que hace. El álbum funciona como un cuaderno compacto pero fragmentario, donde Green reúne tres EPs previos —Houseface University, Magic Spells / Vending Machine y Falling Around— y los presenta como una sola pieza. No hay voluntad de obra magna, sino algo más cercano a una colección de apuntes enviados desde el mismo territorio mental. Y aun así, el mapa es reconocible.
En el trabajo de Green, desde hace tiempo, no existe una frontera clara entre música, dibujo, cine o escritura. Todo forma parte del mismo sistema. Mientras otros separan disciplinas, él las cruza con naturalidad, como quien pasa de una habitación a otra sin encender la luz. Durante la gestación de Engine of Paradise escribía canciones mientras avanzaba en la novela gráfica War and Paradise, intercambiando frases entre ambos proyectos. No es un truco conceptual: es su manera de trabajar.
Ese “paisaje interior” del que suele hablar se articula visualmente a través de Houseface, un lenguaje de símbolos reducidos, casi pixelados, nacido de la simplificación de rostros de dibujos animados y emparentado con la lógica de la cuadrícula y el 8-bit. Green ha comparado más de una vez el dibujo de esos “ladrillos” con la composición musical: en ambos casos se trata de colocar unidades mínimas dentro de una red hasta que algo cobra forma. En Chop Off Heads With Me, Houseface no es solo una estética; organiza canciones, títulos y climas.
Ahí está Houseface University, uno de los ejes del disco y también uno de los momentos más celebrados en directo. O Tiny Bag Of Gods, que suena a inventario portátil de pequeñas deidades para sobrevivir al día a día. El universo Regularis —ese plano espiritual ficticio donde conviven figuras como Zintendoth, dios de la tecnología, o The Comedian, patrono de la mezcla— no actúa como simple decorado narrativo, sino como un sistema de pensamiento que se filtra en melodías y letras.

En lo musical, Green insiste en una ética de proximidad. Grabaciones nocturnas, colaboradores de confianza, instrumentos que entran y salen sin rigidez: sitar, erhu, guitarras que parecen a punto de desarmarse pero se mantienen en pie. Falling Around, el centro gravitatorio del disco, avanza con una cadencia hipnótica que recuerda a una transmisión doméstica desde una sala con las luces bajas. Popcorn Town gira sobre sí misma con lógica casi infantil, mientras Magic Spells y Vending Machine tensan ese pop psicodélico de baja fidelidad hasta convertirlo en ironía funcional.
Todo encaja con su legado anti-folk. Desde los tiempos de The Moldy Peaches, Green ha desconfiado de la idea solemne de talento y ha preferido trabajar desde una estética conscientemente amateur, donde el humor no disfraza la fragilidad ni la fragilidad se convierte en consigna. Su método apenas ha cambiado: canta directamente a una grabadora y confía en que, si una canción funciona desnuda, merece existir. El resto es accesorio.
Chop Off Heads With Me no busca marcar un antes y un después ni resumir una carrera. Es, más bien, otra habitación dentro de una casa que sigue creciendo: una pieza que confirma que Green ha aprendido a avanzar sin repetirse y a ordenar su particular caos sin domesticarlo. Un artista que ha decidido no crecer en el sentido convencional, pero sí afinar su propio sistema. Y eso, a estas alturas, sigue siendo una anomalía bienvenida.


