Aaron Lightman / Aaron Lightman (1969/1970)

En la portada de Aaron Lightman apenas sucede nada. Un fondo amarillo, una línea horizontal y un pájaro diminuto. Milton Glaser la diseñó en 1969 desde Push Pin Studios, y cuesta imaginar qué podría haberse añadido sin estropearla. La cubierta es tan buena que amenazaba con convertirse en la historia principal. Por suerte, no fue así.

Aaron Lightman era un joven cantante y compositor de Filadelfia, de aspecto casi infantil y apenas 50 kg de peso según las notas originales. Sus canciones parecían hechas a la misma escala: mañanas con niebla, tardes de lluvia, carruseles, verano, ardillas, el mar. Material poco aparatoso para una época que había aprendido a convertir casi cualquier cosa en acontecimiento.

Ronald Frangipane y Dean Christopher vieron ahí otra posibilidad. En lugar de desnudar aquellas canciones, las rodearon de cuerdas, maderas, arpa, clave y cornos franceses. Lo extraño es que no las hicieron más solemnes y épicas. Continuaron pareciendo pequeñas.

El disco suele fecharse en 1969 por su copyright, aunque empezó a circular realmente en 1970. Billboard lo registró aquella primavera y Record World todavía lo anunciaba en abril como próximo lanzamiento de Poppy Records. La diferencia de unos meses importa porque el clima estaba cambiando deprisa.

La psicodelia perdía fuelle y la canción de autor estadounidense empezaba a valorar otra clase de intimidad. James Taylor, Carole King y compañía demostraban que despojar de instrumentos podía aumentar la proximidad. Lightman apareció con una idea casi contraria: escribir canciones íntimas y ungir una orquesta brillando alrededor.

Décadas después resulta fácil reconocer afinidades con Duncan Browne, Bill Fay, Nick Garrie, el Donovan más delicado o los Bee Gees de Odessa. En 1970 aquellas relaciones eran bastante menos evidentes. Lightman ocupaba una parcela estrecha y poco señalizada.

Kevin Eggers, fundador de Poppy, encontró una expresión para definirla: “the first folk cantata”, la primera cantata folk. La utilizó en Record World en abril de 1970, cuando el disco empezaba a llegar al mercado.

La fórmula era más literal de lo que parece. La intención consistía en sustituir el coro tradicional por una orquesta de cámara y permitir que las canciones pasaran unas a otras sin las divisiones habituales de un LP. No una colección de cortes, sino un recorrido sin pausa.

Out Of The Morning conduce a They Call Me Traveler y después a None For Me. Más adelante, On Monday Me llega hasta I Have A Little Friend y Take 74 Interlude. En la segunda cara, The Morning After, Down To The Sea, Something Simple y Fragrances forman un largo bloque antes de Now Is The Time.


Ese Take 74 Interlude deja asomar algo que el resto del álbum procura ocultar: el trabajo. De pronto podemos imaginar el estudio, las repeticiones, las tomas descartadas, alguien empezando otra vez. Una música que parece salir con naturalidad necesitó, al parecer, bastante insistencia.

Las sesiones tuvieron lugar en los Bell Sound Studios de Nueva York. Frangipane reunió allí a músicos como Hugh McCracken, Sal DiTroia y Gene Bianco, además de una formación amplia de cuerdas y maderas. Él mismo tocó el clave.

Con semejante despliegue, la voz de Lightman podía haber desaparecido. Era fina, clara, algo aniñada y poco adecuada para luchar contra una orquesta. Frangipane evitó que tuviera que hacerlo. Las cuerdas entran y salen, el arpa ocupa apenas unos segundos, las maderas cambian el tono sin cargarlo y el clave añade una extrañeza leve. Todo está dispuesto alrededor del cantante, no encima.

La crítica contemporánea que llegó a ocuparse del álbum entendió esa cualidad. Record World le concedió cuatro estrellas y habló de canciones delicadas convertidas por Frangipane y Christopher en una especie de sinfonía clasicista. Audio destacó la mezcla de pop y recursos clásicos y la continuidad entre las piezas.

Meses después, Record World reseñó el single Now Is The Time / Down To The Sea, señaló la voz clara y aguda de Lightman y terminó con un escueto “Dig the ending”. Podrían haberse escrito dos párrafos más, pero probablemente no habrían mejorado la observación.

Lo singular de Aaron Lightman no depende sólo de los arreglos. Depende de la distancia entre esos arreglos y aquello de lo que hablan las canciones. El mar, una muchacha, una mañana cualquiera, un animal que cruza por delante. Lightman no fuerza esas imágenes para que carguen con significados mayores. Las deja existir.

Ahí está buena parte de la inocencia del álbum, una actitud demasiado coherente para ser casual. Su mirada se detiene en cosas que normalmente ocuparían poco espacio y la producción decide concedérselo.

El disco pasó casi inadvertido y no tuvo continuación. Lightman no dejó una carrera posterior que permitiera reconstruir su trayectoria ni una docena de álbumes menores entre los que buscar otra obra perdida. Su obra es esta y no hay nada más.

Con el tiempo se convirtió en rareza. Fallout Records lo recuperó en CD en 2008 y Wah Wah Records, desde Barcelona, volvió a editarlo después en una tirada limitada de 500 copias, recuperando también las letras y la portada original.

El coleccionismo es especialista en otorgar segundas vidas, no siempre con justicia. Algunos discos olvidados estaban mejor donde estaban. Aaron Lightman no parece uno de ellos.

Con la perspectiva de los años, pertenece a un momento breve en el que la canción de autor todavía podía mezclarse con música de cámara, pop barroco y restos de psicodelia sin tener que escoger entre intimidad y ornamentación. El mercado terminó prefiriendo caminos más claros.

Entonces vuelve a tener sentido mirar la portada de Milton Glaser. Muchísimo amarillo y un pájaro que ocupa casi nada. Al principio parece sólo una solución gráfica brillante; después de escuchar el álbum resulta difícil no reconocer ahí una idea parecida. Lightman no quiso hacer grandes aquellas cosas; sólo consiguió que las escucháramos mejor.